< div style="">
< div style="">
En el caso de Remarque, alguna de sus principales obras fueron llevadas a la pantalla, con mejor o peor fortuna, aunque ignoramos su grado de participación en los guiones ( siendo esto posiblemente la base para otro estudio ) Desde su lejana y exitosa Sin novedad en el frente (1930), ya mencionada, a cargo del irregular Lewis Milestone, que para muchos se ha convertido en un filme casi de culto, dentro del género bélico, la industria cinematográfica norteamericana se ha nutrido con regularidad de novelas suyas, tales como Tres camaradas (1938), de Frank Borzage, Arco de triunfo (1948), también de Lewis Milestone, Tiempo de amar, tiempo de morir (1957), de Douglas Sirk, en donde Remarque incluso interpreta el papel del Profesor Pohlman, y la más reciente de todas ellas hasta ahora, Un instante, una vida ( Bobby Deerfield, 1977), de Sidney Pollack, interpretación libre de una de sus últimas narraciones El cielo nada sabe de protegidos (1961)
El sentido de la vida del escritor, nos ha dado por otra parte muchas de las claves de su tipo de creación. La misma se halla con frecuencia inmersa en los continuos vagabundajes que describe en sus narraciones. Al implantarse el régimen Nazi, se exilió primero a Suiza y posteriormente a los Estados Unidos ( en un cierto paralelismo con otro escritor disidente, como era Thomas Mann ) volviendo al final de su existencia de nuevo a Suiza, donde fallecerá en Locarno en 1970.
El primero en intervenir fue el presidente de la Asociación de Escritores, Carmelo Fernández, que indicó que el futuro digital del libro "es una realidad compleja llena aún de incertidumbres", aunque aseguró que la posición de los escritores debe pasar por "defender los derechos de autor y conseguir un clima de confianza y claridad entre todas las personas que intervengan en el proceso de creación", desde las primeras líneas hasta que llega al público. A su juicio, los contratos de edición actuales "son insuficientes, porque no contemplan los derechos digitales" y el futuro pasa por "conseguir un nuevo modelo de edición" que explique qué derechos cede el autor, cuáles serán los modelos de explotación de esos derechos, en qué territorio tendrá vigor esa cesión y por cuánto tiempo estarían vigentes. A este respecto, comentó que los contratos actuales le parecen "una eternidad" y el futuro pasa por renovarlos cada tres años. Según el presidente de los escritores asturianos, los autores deben defender sus derechos de revocación, así como los de remuneración, algo que, según comentó la presidenta de la Asociación de Editores, Marta Magadán, siempre se contempla. Para Carmelo Fernández, el futuro digital de los libros supondrá una serie de cambios para los que todavía no se ha encontrado una solución.
algo que el gremio siempre ha defendido. Sin embargo, sus dudas, como expuso durante el coloquio, se centran en la piratería y el futuro del copyright, así como los límites que impondrán las grandes plataformas editoriales en el mercado. Uno de los grandes retos, según Martín, será el de "desterrar la idea del gratis total" por cada descarga y saber si las novedades en papel estarán disponibles en formato digital al mismo tiempo. Al igual que Carmelo Fernández, comentó que se hacen necesarios nuevos contratos entre los autores y las editoriales, pero también añadió el concepto de exclusividad, al indicar si serán cláusulas generalizadas o cada escritor podrá decidir a quién vende sus derechos.
Converso —antes del excepcional concierto que ofreció el Paco Loco Trio— con un viejo amigo, veterano profesional de medios audiovisuales y, en medio de los vapores de una abarrotada Calleja La Ciega, surge inmediatamente el tema: ¿por qué no hay un programa sobre rock en la TPA? Este buen amigo —cuyo nombre guardaré en el anonimato— me contesta que el encargado de ese área considera que "la música no es televisiva"; para ahondar trasladándome otra de esas respuestas que califica por sí solo al autor de las mismas "es que los rockeros van tan mal vestidos…". Supongo que los encargados de cadenas temáticas musicales como "Sol Música" no opinarán lo mismo. Así nos va, claro, y para prueba basta echar un vistazo a la parrilla que ofrece la televisión pública en cuanto a programación propia. Aparte los infantiles, sólo se salvan el extraordinario programa cultural (¡el único dedicado globalmente a la cultura!) "Pieces", dirigido por el gran Ramón Lluís Bande y muy bien conducido por Vanessa Gutiérrez, y el no menos estupendo "Camín de Cantares", de la mano del genial Xosé Ambás (programa musical, por cierto, sostenido por una audiencia fiel y amplia, ante lo que, supongo, poco podrán hacer argumentos paupérrimos sobre el vestuario). Luego, la nada más absoluta, sobre la que no vamos a incidir porque a poco que rascásemos el sonrojo terminaría por indignarnos. Escribo estas líneas desde un lugar de Castilla y León y, al encender la tele, me encuentro con "Hoy en Escena", dinámico magazine dedicado a la actualidad musical, y "Silencio se lee", sobre literatura; además, también hay uno sobre cine. Si nos trasladásemos a cualquiera de las múltiples autonómicas, encontraríamos prácticamente lo mismo. Pero en Asturias, no. Y eso que nuestro presidente, Vicente Álvarez Areces, no pierde la oportunidad de mostrar su amor a la literatura, y a la cultura en general. Menos mal. Da igual que seamos potencias en rock, folk o literatura, priman argumentos absurdos, demenciales, sobre vestuarios y demás idioteces, excusas paupérrimas e injustificables.
Supongo que se debe a que de pequeñitos no tuvieron la oportunidad de contemplar programas extraordinarios como "La Bola de Cristal", "La Edad de Oro", "La Tarde" (la dirigida por Manuel Hidalgo), "Imágenes", "Auanbabulubabalambambú", "Caja de Ritmos" o "Musical Express". Quizás tuvieron la desgracia de encontrarse con emisiones abyectas como esas galas tercermundistas, pobres de ingenio y patéticas de contenido, que perpetró José Luis Moreno y que ahora reproducen, copian, para desgracia de todos los asturianos con un mínimo de inteligencia. Que son la mayoría, aunque alguno pretenda negarlo.
Poblado de desbrujulados vitales, seres desarraigados y personas con la sensibilidad en carne viva, el cine de Fatih Akin pudo conmovernos hasta ahora, pero no hacernos reír con obras como Contra la pared (2004) o Al otro lado (2007), nada hilarantes.
En Soul Kitchen el cineasta germano-turco se permite una tregua de liviandad, en forma de comedia amical a varios niveles. Para empezar, su actor principal y coguionista, Adam Bousdoukos, es un amigo de siempre. Y, luego, el largometraje no trata de otra cosa que de la amistad y la comunidad enfrentadas a la brutalidad inmisericorde del mundo, pues el protagonista Zinos, joven restaurador de Hamburgo, por muy criatura de comedia que sea, nunca deja de ser un personaje a lo Fatih Akin: un inmigrante turco, a menudo cuerpo extraño dentro de la sociedad alemana; un tipo irrisorio y conmovedor, pateado por la vida.
Zinos pasa una mala racha. Sufre de hernia discal y su restaurante, el Soul Kitchen del título, hemorragia de clientes por culpa de la filosofía culinaria del nuevo chef Shayn (Birol Ünel, el Cahit de Contra la pared), talentoso aunque difícil. Para colmo, su cien por cien germánica –alta, rubia, burguesa— novia Nadine (Pheline Roggan) se va a vivir a Shanghai, aparentemente por motivos laborales. Entonces Zinos decide ir a buscarla a China, por lo que confía el restaurante a su hermano Illias (Moritz Bleibtreu), un ex convicto igual de encantador que irresponsable, quien se juega el local contra un promotor inmobiliario mafioso.
Fatih Akin instala un suspense tragicómico, mitad sentimental, mitad policíaco, alrededor de la supervivencia del Soul Kitchen. Esta vez desde la sonrisa, nos retrata la Alemania contemporánea en su efervescencia y sus aspiraciones contradictorias, poniendo corazón y calidez en su propuesta, generosa pero con soluciones no siempre felices pese a su optimismo –por previsibles y convencionales, incluso ingenuas—, en lo que se postula como plasmación de una realidad compleja y azarosa.
El compañero de viaje era una obra inédita hasta que en el 2007 la publicó la editorial italiana Excelsior 1881. Se trata de un relato escrito, en 1946, como guión cinematográfico con trescientas setenta y cuatro escenas de una película que no se llegó a rodar. Narra la historia del soldado Calusia – genérico personalizado, con el que los meridionales nombran a los montañeses del norte de Italia – que tras la derrota ante el desembarco aliado de 1943 en Calabria, regresa a su tierra. Va acompañado de un asno y lleva en una caja el cadáver del teniente de su unidad, que le había pedido en sus últimos momentos de vida que le llevase a casa de su madre, en Nápoles. En el camino, se encuentra a una adolescente que huye de un orfanato y juntos se van enfrentando a las dificultades, penurias, dramas y amenazas de una tierra recién conquistada cuyos habitantes vagan de un lado a otro para intentar recomponer lo inmediato de su vida truncada por la guerra. El relato se convierte en un cuento idealizado, en el que los valores transcendentes encarnados por los protagonistas se enfrentan a los comportamientos que el miedo, la necesidad y el egoísmo desencadena en los grupos humanos golpeados por los efectos de esa situación caótica de la guerra.