El poder de Patti. Por Manolo D. Abad (29/03/2010).
Los cuentos de Miguel Delibes. Por Marcelo Matas de Álvaro (29/03/2010).
En los múltiples comentarios, reseñas, semblanzas y homenajes que ha suscitado el reciente fallecimiento de Miguel Delibes, se ha hablado de sus novelas, de sus diarios de cazador, de su faceta como periodista y prácticamente nada –si acaso alguna pequeña referencia escrita al margen- de los cuentos que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo, Delibes fue un gran escritor de cuentos –o de historias, como le gustaba nombrar a estas narraciones breves-, en los que condensa las tres premisas necesarias para que, según él, una novela –o cuento o historia— sea considerada como tal: un hombre (un protagonista), un paisaje (un ambiente) y una pasión (un móvil).
De ello es buena muestra esta obra que, gracias al esfuerzo de la editorial Menoscuarto de Palencia, logró hace unos años reunir sus cuentos completos, hasta entonces desperdigados –como si se tratase de piezas de caza- en otras ediciones. Aquí están incluidos los cuentos de sus libros “La partida”, “Siestas con viento sur”, “Viejas historias de Castilla la Vieja”, “La mortaja” y “Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados”, además de un bello y esclarecedor prólogo escrito por su paisano Gustavo Martín Garzo.
En estos cuentos, su maestría narrativa, donde el lenguaje limpio y preciso nos lleva de la mano a mostrarnos la realidad que de una manera más directa nos quiere revelar, se ciñe al mismo motivo al que, en definitiva, se refiere en sus celebradas novelas de largo aliento: a explorar la profundidad del corazón del hombre. Un hombre poseído por “unos sentimientos de soledad, de incomprensión y de miedo”, como se definía Delibes a sí mismo en su ensayo “España 1936-1950. Muerte y resurrección de la novela”. Sin embargo, no se puede calificar a Delibes como un escritor de ideas que pretendan desarrollar un pensamiento a la manera de las novelas de tesis, sino que estas ideas, sustanciadas en “la frustración, el acoso del individuo por una sociedad indiferente, opresiva, cuando no hostil”, deben transpirarse a través de la acción. Se trata, en definitiva, de un compromiso ético, pues si bien se ha subrayado el hecho de ser un escritor castellano que ha explorado eso tan etéreo y equívoco como es el “alma de Castilla”, hay que entender que la Castilla a la que se refiere Delibes no se constriñe a los arbitrarios límites de una región y ni mucho menos de una comunidad autónoma. De hecho, “La partida” –la primera historia que aparece en el libro- tiene como “paisaje” un carguero llamado Cantabria. Castilla –al igual que Macondo de García Márquez, Comala de Rulfo o Santa María de Onetti- no es sólo un espacio físico, sino antes que nada constituye un territorio moral donde habita el hombre acosado por su propia condición de existir, su vida siempre proyectada desde la ineludible perspectiva de la muerte.
A menudo Delibes huye de la amargura hiriente y solemne para expresar la dureza de la existencia, y la envuelve –a través del débil reflejo de un detalle- en un aura de ironía y humor que nos acerca más, atajando por la desbrozada senda de la ternura, a la condición dolorosa del hombre.
Para adentrarse en Delibes –si es que aún queda alguien que no lo haya leído-, nada mejor que dejarse llevar por estos cuentos. Y para los que ya hayan disfrutado de “El camino”, “Las ratas” o “El hereje”, descubrirán que historias como “La mortaja”, “El loco” o “La partida” bastarían para que su autor fuera considerado como uno de los grandes escritores en español del siglo XX.
El escritor (The Ghost Writer), de Roman Polanski: Un thriller político de primera clase. José Havel (26/03/2010).
El escritor (The Ghost Writer) está basado en la novela de 2007, El poder en la sombra, del autor británico Robert Harris. Su historia es la de The Ghost (Ewan McGregor), el “negro” encargado de terminar de escribir las memorias del ex Primer Ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan). Desde su inicio mismo el trabajo parece peligroso: una sombra planea sobre la muerte accidental del “negro” anterior y, además, el sustituto encuentra una información inquietante que quizá tal vez pueda probar la vinculación del mandatario con crímenes de guerra encubiertos por la lucha antiterrorista…
El guión y la realización arrojan un filme de género ejemplar, un thriller político de primera clase donde el cineasta polaco sabe beneficiarse con inteligencia suma de la remarcable conjunción de talentos por él orquestada. Entre ellos, Ewan McGregor, vulnerable y febril, compone con madurez un personaje que corría el riego de terminar pareciendo demasiado teórico (muy buena idea, por cierto, la de hacernos penetrar en el mundo del Poder de la mano de un ingenuo que tampoco es un idealista); Olivia Williams, como Ruth Lang, resplandece desde un papel fascinante y ambiguo de mujer fuerte y frágil, dañina y herida; mientras que Pierce Brosnan aprovecha a la perfección el sentido de la autoparodia que cultiva desde hace varios años, incorporando a un ser tan mediocre como seductor.
Aunque la clave del enigma no deja de ser un McGuffin, la obra resultante es una maravilla de elegancia, agudeza, precisión y equilibrio, con diálogos hechos a cincel, suspense constante, toques humorísticos sabiamente destilados que evitan que el filme se tome demasiado en serio a sí mismo, y un guión de evoluciones imprevisibles a la vez diáfano, en el que los giros narrativos nunca parecen forzados. Todas las pistas de la intriga convergen felizmente dentro de una trama compleja sin que el espectador se pierda ni se sienta tratado como un idiota. ¡Qué diferencia entre este Polanski y el Scorsese de Shutter Island!
Esas ficciones (1). Por José Ángel Ordiz. 25/03/2010
letras hablan si me refiero, por ejemplo, a las historias de Amarcord o de La naranja mecánica que en el Palladium se estrenaron, acomodado yo en una butaca de la sala que tantos universitarios frecuentábamos: debe callar el recuerdo porque aún está aquí el presente de entonces, almacenado en cedés modernos, incluso el Morbo de Gonzalo Suárez y de Víctor Manuel y de la apetitosa Ana Belén, su biquini toda una inspiración y una promesa para los onanistas de aquella época que anunciaba desnudeces futuras si el mañana no se torcía y el color de la democracia se imponía definitivamente a las sombras dictatoriales.
Ficciones, de acuerdo. Pero a la esposa de Anthony Burgess –inventor de lenguajes, alentado por Joyce-, el autor de la novela homónima en que se basó el filme de Kubrick, la golpearon y violaron cuatro soldados y perdió la criatura que esperaba –ignoro si alguien cantaba bajo la lluvia londinense durante esa barbarie homínida-. Sabido es que los escritores y los escribidores solemos mentir con la misma soltura y aplomo con que suelen mentir los políticos, nosotros para entretener por lo común, generalmente para medrar nuestros gobernantes, pero ¿miente también la Historia? ¿Es una ficción lo de la esposa de Burgess? Quizá lo sepa algún experto. Desde luego, es incierto que el escritor no esté presente en las páginas de sus libros; a mí, a pesar de no ser experto en nada, no me engañan ya con ese hueso: de algo propio, real, surge lo ficticio, aun cuando se haya soñado o sencillamente se desee o se aborrezca esa propiedad.
nos, y obtener horas de ahí –pero está la foto y demás vanidades, supongo-. Aunque no debo tender ya a la dispersión, de la que abuso –como me apunta un amigo fiel, que desea lo mejor para mí y justo por eso no se me escapa que lleva razón-; de la que abuso como si pretendiera que no me entienda ni Dios. Estaba confesando, pero ya confesaré más otro día: por hoy (debido a la dispersión, lo siento, amigo fiel) se jodió lo que se daba; lo que iba a darse, mejor escrito.
La segunda, basada en la única novela que escribió el poeta Boris Pasternak, Doctor Zhivago, la película de David Lean con parte de EXTERIOR DÍA en España. Tu poesía no gusta. Así le miente el medio hermano a Yuri, a Yuri el de Lara (y lloro, como lloraré después, cuando la primavera se anuncie en el cristal al tiempo que actúe la banda sonora, y como lloraré al final).
Versos para despedir el Invierno, Fernando Beltrán. 23/03/2010
Lo recordaba estos días atrás viendo deslizarse con pacífica y musical armonía a los esquiadores de Vancouver 2010. Hace ahora dos décadas se celebraron en Sarajevo esos mismos Juegos Olímpicos de invierno. Todos los países, todas las razas, todas las lenguas del mundo bajo la bandera blanca de la nieve en una ciudad moderna, próspera, donde seres humanos de tres religiones diferentes convivían desde hacía tiempo en perfecta armonía. Una fiesta en todos los sentidos.
Y ahora se exterminaban unos a otros sin clemencia, sin piedad, sin medalla al alcance, sin ver ni saber siquiera a quién o a quiénes mataban aquellos francotiradores que disparaban a los transeúntes que cruzaban con el pan bajo el brazo al otro lado de la Avenida más amplia y ancha de la ciudad.
la cuenta. Quizá por eso dejé de escribir sobre aquel agujero negro. Ya estaba todo dicho, pronunciado, descerrajado a voces en La Mirada de Ulises y la banda sonora de Eleni Karaindrou. Bella, fría, triste, estremecedora, implacable. No entiendo de música, pero sí de las cuerdas del latido y puedo arriesgarme a pedir que os apresuréis de inmediato a escuchar esa inmensa sinfonía de la humana extinción, este indestructible afán por destruirnos periódicamente como especie. 
O ese enterarse de pronto por las crónicas que los días de niebla eran días de fiesta en Sarajevo. Espeluznante recordar gracias a ello que los francotiradores también tenían familia, hijos como nosotros, madres, novias, amigos, y aprovechaban las jornadas de niebla para pasear con ellos. Imposible acertar esos días en las dianas de enfrente, aquellos otros seres que apuraban también las mañanas de niebla para disfrutar del pan en paz con el cuerpo erguido y en calma, sin tener que agacharse para evitar las balas que disparaban sus paisanos, sus antiguos amantes, sus sobrinos o tíos desde las ventanas de enfrente.
mos una especie tan dada al despropósito…
Fernando Beltrán es poeta y director de El nombre de las cosas
Fotografías: Vancouver 2010 y La mirada de Ulises de Theo Angelopoulos (1995)
Flor del desierto: Una historia verdadera. Por Tanja Pérez Hunte (21/03/2010).
La historia, lección de vida verdadera, es ejemplarizante y procelosa. Un cuento de hadas duro, aunque redentor, de esos que el gran público quiere ver contados a menudo por el cine. Waris Dirie personifica la andadura increíble de una niña somalí que llegó a ser una de las top model más reclamadas de la pasarela. La maniquí contó su ablación, sufrida a los tres años, en la revista Marie Claire, antes de ser llamada por la ONU en 1997 para luchar contra la mutilación de los genitales femeninos; su libro, Desert flower, publicado en 1999, vendió más de dos millones de ejemplares.
Como en todo cuento de hadas que se precie de tal, la heroína atraviesa una prueba inicial, la escena de la ablación, mostrada en casi todo su horror. A ella siguen la huida por el desierto a los 13 años hacia Mogadiscio, escapando de un matrimonio arreglado con un hombre mucho más mayor, así como las ayudas varias allí recibidas, y luego en Londres, donde trabaja dentro del servicio doméstico de la embajada de Somalia en Gran Bretaña. Hasta que irrumpe su destino glorioso: el fotógrafo inglés Terence Donovan la descubre a los 18 años, mientras limpia el suelo de un McDonald´s, y decide fotografiarla para la portada del calendario Pirelli de 1987, junto a la entonces desconocida Naomi Campbell. Poco después, Waris Dirie sería la primera mujer negra en aparecer en la portada europea de Vogue.
El cineasta senegalés Ousmane Sembene ya denunció la ablación e Moolaadé, premio Unn certain regard en Cannes 2004. Ahora, Flor del desierto (2009), película dirigida al gran público, es también un filme militante, no se trata de un biopic sin más. Aparte de resumirnos la singladura vital de una mujer ejemplar (interpretada por la modelo etíope Liya Kebede), condena, evocándola, la violencia ejercida inhumanamente contra algunas mujeres por motivos culturales y/o religiosos. Raras veces los biopic resultan tan realistas en su puesta en imágenes.
Ave Fénix Avilés. Por José Havel (22/03/2010).
He vuelto a ver Avilés 1982. Un documental, dirigido por el finado Mario Menéndez –autor de El vivo retrato (1986), último largometraje en celuloide genuinamente asturiano— y Fran Vaquero, a partir de un guión de Francisco G. Orejas. Sobre la pantalla centelleó un filme que, además de rezumar cariño hacia la en su día denominada "Atenas del Norte", pugnaba por escapar de los documentales al uso. Sin embargo, cariño y encargo consistorial mediantes, quizá la película denunciase, bajo su ochentera estética feísta, el enmohecido estado del que la urbe adolecía entonces. Las esforzadas imágenes no podían ofrecer más que una ciudad podrida de polución, deterioro y abandono; no sé si en una siniestra (in)versión del célebre cuento de Hans Christian Andersen, donde el bello cisne se convierte en patito feo y no al revés. ¡Cuánto daño, en modo de desperfectos materiales y prejuicios estéticos, ha infligido a Avilés su faceta industrial desde mediados del pasado siglo!
Pero ni cisne venido a menos ni patito feo sin remisión: Avilés ha resultado ser un esplendoroso Ave Fénix resurgiendo de sus propias cenizas. Y digo "esplendoroso" porque allí donde hasta no hace mucho reinaban la contaminación, la roña y la dejadez, ahora sólo encontramos formas de esplendor gracias a una ejemplar labor de reivindicativa rehabilitación. Viendo Avilés 1982. Un documental pensé en la enorme suerte que, a fecha de hoy, tenemos todos los que decidimos
acercarnos con una cámara a la Villa del Adelantado. Ahora que ésta acompaña, basta con profesar cierto amor hacia ella, tener buen ojo y atesorar algo de imaginación para mostrarla rutilante en pantalla.
A ese respecto, agradecí enormemente algunos comentarios, de espectadores y de la prensa, señalando que en mi Víctor Botas: Con el lenguaje de la melancolía (2004) Avilés aparecía hermoseada como nunca. Por eso mismo sentí un orgullo inmenso, durante la presentación neoyorquina del documental, al comentarles a los espectadores americanos que, entre otras cosas, iban a viajar en imágenes por un histórico lugar de la vieja Europa llamado Avilés, qué curioso, cuna de Pedro Menéndez, fundador de San Agustín (Florida), la más antigua ciudad de su país, los EE. UU.
Fue una emoción pareja a la que se vive en el Louvre, museo de museos, cuando, apenas unos metros más allá de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, uno descubre el nombre de su patria, Avilés, transformado en señorial denominación de origen, al pie del espectacular lienzo barroco Fundación de la Orden de los Trinitarios de
Juan Carreño Miranda, otro avilesino de pro, que domina la pared del recinto, flanqueado por un Juan de Valdés y un José de Ribera.
Indescriptibles sensaciones ésas como la de ser, como soy, natural de Avilés sin haber vivido nunca en ella, lo cual posibilita que, desde una devoción filial no exenta de fascinación turística, pueda disfrutar siempre a cada visita, con mirada casi virgen, de diversas épocas históricas mediante el rabioso presente del envidiable patrimonio artístico avilesino. Para muestra, un pequeño botón. Situados en cierto punto estratégico de la Plaza de España, en poco menos de 300º, con un simple giro de cabeza panorámico, podemos divisar, y no sólo: arcadas del siglo XVII, en derredor; atrás, la iglesia medieval de San Nicolás de Bari, cuya pila bautismal es un capitel de alabastro de la época imperial romana; y cuatro palacios barrocos (el Palacio de Ferrera, a la derecha; la Casa de García Pumarino, casi en frente, inaugurando la calle Rivero; y a la izquierda, el Ayuntamiento y el Palacio Camposagrado, éste último al fondo de la calle de la Fruta). Semejante privilegio, tal concentrado lujo para la vista, es únicamente factible en lugares de la solera de Roma, Nápoles, Florencia. Génova, Venecia, Siena… y, sí, Avilés, ciudad milenaria nuestra de la que a veces no recordamos su monumental e incontestable belleza.
Armando Murias
Mesa redonda: La poesía no es trigo limpio, 25/03/2010
Mesa redonda: La poesía no es trigo limpio.
Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo (calle San Francisco)
Jueves, 25 de marzo a las 19,30 horas.
Participan: Ada Salas, Juan A. González Iglesias y José Luis Rey
Moderan: Julio Rodríguez y Rubén Rodríguez
John Steinbeck, la voz insobornable, por José Luis Piquero. 19/03/2010
Acaso lo que nos sigue conmoviendo en la obra del autor californiano sea la sensación de profunda verdad que destila cada uno de sus libros. Esos personajes son reales, podemos sentirlos, a pesar de la lejanía temporal y geográfica, a pesar de que sólo sepamos de su mundo lo que nos han contado. Y son reales porque Steinbeck los ha conocido, ha vivido con ellos. En los ranchos de la baja California, en las grandes plantaciones, en los pueblos pequeños donde los probos ciudadanos se unen en piquetes de linchamiento, en los profundos valles rodeados de montañas todas iguales, representaciones del ancho mundo amenazador, cálido y salvaje. Steinbeck estuvo allí, recorrió esos caminos, habló con esos hombres, se sintió a gusto con ellos. Y a través de ellos conoció el topetazo de la absoluta injusticia y habló en voz alta y clara para denunciarla. Por eso sus personajes son verdad. Por eso nos siguen sobrecogiendo.
Una voz como esa siempre es incómoda. Hostigado por el FBI, rechazado por los comunistas, que desconfiaban de su “tibieza ideológica”, vilipendiado por los dueños del poder político y económico, a los que fustigaba sin piedad, Steinbeck no tuvo otra causa que la del hombre corriente, enfrentado a un mundo hostil y abandonado a su suerte. Como George y Lennie en De ratones y hombres, ese conmovedor retrato de la inocencia y la maldad; como la familia Joad, protagonista de Las uvas de la ira, en su desdichado periplo de miseria; como Jodie Tiflin, el niño de El pony colorado, asombrado espectador del hermoso y despiadado ciclo de la vida y de la muerte.
de los grandes estilistas de la narrativa norteamericana. Las páginas que describen el arrabal conservero de Cannery Row, en la novela del mismo título, alcanzan cotas metafísicas; un sobrecogedor poema plagado de imágenes expresionistas que beben de la Biblia, Lao Tsé y la filosofía socrática para establecer una premisa fundamental: la perfección del mundo reside en la naturaleza dual de todas las cosas: “La palabra es un símbolo y una delicia que absorve a hombres y paisajes, árboles, plantas, fábricas y pekineses. Luego la Cosa se convierte en la Palabra y luego de nuevo en la Cosa, pero transformada en una urdimbre fantástica…”. Así comienza un auténtico poema. Y en La perla, ¿qué es lo que encuentra Kino en el fondo del mar sino una metáfora, un pequeño regalo simbólico del demonio de la poesía? En Dulce jueves, esa presencia de la poesía se encarna en un personaje misterioso: el vidente. No otra es la condición del poeta, el esclavo de la verdad, o de una cierta forma noble de la verdad.
¿Pero hay más? Por supuesto. Señalemos por último algo que no se ha subrayado suficientemente: Steinbeck también es un maestro del humor. Las andanzas etílicas de los protagonistas de Tortilla Flat, personal recreación de la literatura picaresca universal, o las conspiraciones grotescas de los cortesanos de El breve reinado de Pipino IV, esa despiadada sátira de la ambición política, nos han proporcionado a los amantes de la literatura steinbeckiana no pocos momentos de felicidad: “En los días de mis antecesores –dijo el Señor de Saone-, estos asuntos de sucesión se manejaban de manera más noble: con veneno, con puñal o con las rápidas y piadosas manos del estrangulador. Hoy nos hemos rendido ante el sufragio”. Y es que el humor también es subversivo: un grano en el enorme culo del poder. Qué gamberro, ese Steinbeck.
Todas las palabras escritas en estos libros conservan hoy su vigencia. Hablan de un mundo muy parecido al nuestro, lleno de injusticias, de dolor y de belleza: de mortífera poesía. En ellos, junto a lo peor de nosotros mismos, se encuentra lo mejor. Poreso vuelvo a menudo a la escasa página y media de “Desayuno”. Tengo envidia de esa vivencia. Creo que las palabras y los libros de John Steinbeck son en nuestros días tan necesarios como entonces: hacen la vida más vivible. ¿Habrá algo de lo que estemos más necesitados?










