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La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Por Yose Álvarez-Mesa (11/I/2010).

Muriel Barbery,
La elegancia del erizo,
Barcelona, Seix Barral, 2007
L’élégance du hérisson,
Editions Gallimard, 2006.
 

Si conseguimos sobrevivir a las soporíferas cien primeras páginas, podremos descubrir una interesante historia. Claro que para ello debemos pasar por alto la insufrible pedantería con que está escrita. Original, sí, atrayente en ocasiones, pero pedante hasta decir basta.

Es una historia contada a dúo por Renée Michel, una portera de aspecto tosco, pero muy culta, que trabaja en un inmueble burgués de París, y Paloma Josse, una niña superdotada que vive en ese edificio. Ambas tienen un secreto que ocultar: la portera su inteligencia, y la niña su deseo de suicidarse. Mucho después de las soporíferas milongas que ambas mujeres se empeñan en contarnos (la portera sus cuidados para que nadie descubra lo lista que es, y la niña las mil razones que la empujan al suicidio) entra en escena el japonés Kakuro, que es el que descubre los mundos ocultos de las dos y hace de nexo de unión entre ambas.

Lo mejor, el personaje de la portera. Ella es el erizo, que saca su púas para defender un interior desconocido, que esconde a todo el mundo por miedo a ser herida. Es hija de campesinos, y su intención en la vida es hacerse la tonta en ese ambiente de clase alta donde se mueve. Pero sus inquietudes culturales son infinitas y ama el arte por encima de todo. El complejo entramado de su personalidad quedaría perfectamente urdido si no fuera por la afectación con que se narra su día a día: páginas y páginas en las que nos muestra lo mucho que le ofenden los burgueses que hablan incorrectamente o escriben notas donde hay una coma mal puesta, interminables disertaciones filosóficas basadas en la tesina de una universitaria vecina del inmueble, o quedar al borde del desmayo al ver una litografía de su pintor preferido, convierten a la portera en un algo que raya lo absurdo, pero creíble a fin de cuentas.

Por el contrario, el personaje de la adolescente Paloma Josse no se lo cree nadie. Nos quieren pintar a una niña superdotada y no da muestras de ello en toda la narración. Sus peroratas de niña de doce años no son propias de la inteligencia, sino en su mayor parte de la experiencia, y es obvio que no tiene edad para ello. Por tanto, el personaje que se nos retrata queda cojo, ya que por un lado ella presume de su propia inteligencia una y otra vez, pero no habla desde sus doce años sino desde la edad de la autora que escribió el libro. Por otra parte,  su supuesta inteligencia queda en entredicho cuando explica las razones de porqué se quiere suicidar, ya que son razones que cualquier inteligencia, por poca edad que se tenga, sabría discernir mucho mejor. El personaje de Paloma no es creíble simplemente por su inverosimilitud.

Muriel Barbery nos quiere vender a tres personajes buenos y cultos en un mundo donde todos son malos y lerdos, pero no se puede descalificar al resto del mundo para  hacer que tus personajes parezcan mejores. Alguien debería decirle a Muriel que no hay nadie del todo bueno ni del todo malo. Los seres humanos están llenos de contradicciones, defectos y virtudes, y tomar el camino fácil de ubicar a los buenos y a los malos a tu antojo para hacerlos parecer como tú quieres no es una buena arma narrativa, aparte que echar mano de la demagogia con el único fin de hacer más vendible tu historia es un arma de doble filo.

Resumiendo, una buena historia enterrada bajo capas de panfleto intelectualoide, con un final típico y tópico porque no había imaginación para más.

Número 9: Y el post Apocalipsis llegó… Por José Havel (11/I/2010).

De Ponyo  en el acantilado (Hayao Miyazaki) a Up (Pete Docter y Bob Peterson), pasando por Ice Age 3: El origen de los dinosaurios (Carlos Saldanha y Mike Thurmeier) y Lluvia de albóndigas (Chris Miller y Phil Lord), 2009 fue un buen año para el cine de animación. Un hecho ratificado con Número  9, primer largometraje de Shane Acker, joven protegido de Tim Burton y del que su talento innegable parece no tendrá necesidad de un mentor a largo plazo para expandirse.

Producida por Burton y Timur Bekmambetov, Número9 lo tiene casi todo para agradar. Un universo único, de inspiración post apocalíptica, personajes de trazo singular, entre la low-tech de mercadillo y una hipertecnología terrorífica, o temas musicales a cargo de Danny Elfmann, amén de un reparto vocal ad hoc para las criaturas diversas del relato: Elijah Wood, Jennifer Connelly, Martin Landau, John C. Reilly, Crispin Glover, Christopher Plummer….

Si bien su profundidad temática podría mejorarse, pues a ratos la función peca de ingenuidad, la premisa argumental tampoco es manca: 9 es un muñeco que despierta a la vida en una Tierra devastada tras otra guerra mundial,  e intenta comprender el porqué de su existencia dentro de un mundo despoblado de seres humanos (los momentos iniciales remiten a lo mejor de la anticipación fatalista, con sus reminiscencias de una conflagración entre el hombre y la máquina).

La impresión con la que el espectador se queda es la de ver un filme de animación con estilo personal y sombrío, mezcla curiosa de Pinocchio y de Matrix, a tono con su espíritu infantil con cuerpo –y ambiciones— de adulto. La 3D potencia la espectacularidad, pero no resulta sino una técnica más frente a la potencia estética y el sentido de lo mágico de un cineasta verdadero. El trabajo ambicioso de Shane Acker sobre los colores y los contrastes tiene su prolongación artística en una labor de puesta en escena dentro de la que el virtuosismo de la ejecución está siempre al servicio de la emoción y de la poesía.

 
 
NÚMERO 9 (9). Dirección: Shane Acker. EE UU, 2009. Duración: 79 minutos. Filme de animación.

Escritores clandestinos: una aproximación a la literatura hecha desde Asturias, por Rubén Rodríguez. 8/I/10

El pasado veinte de diciembre, al echar mano de Babelia, el suplemento cultural de El País, me llevo una sorpresa –inicialmente grata– cuando descubro un encarte de veinte páginas dedicadas en exclusiva al estado cultural del Principado de Asturias (Número 944. El País, Viernes 25 y Sábado 26 de Diciembre de 2009). Iniciativa que, aunque huele apromoción publicitaria por los cuatro costados –basta con echar un vistazo a las veinte páginas publicitarias incluidas: Centro artístico Laboral de Gijón, etc.-, siempre es de agradecer.

La alegría, no obstante, torna de inmediato en decepción cuando descubro que, una vez más, la descripción que se hace del panorama literario actual en Asturias es no sólo breve –artículo de la Semana Negra aparte, tan sólo dos páginas sobre el tema–,sino, lo que es más grave, sesgada e incompleta: de las citadas dos páginas, una está dedicada al diálogo entre Xuan Bello y Ricardo Menéndez Salmón; la otra, a un recorrido apresurado y mutilado, por la ‘escena’ literaria actual.

"La muestra por la que se ha optado

está muy lejos de ofrecer una imagen objetiva"

¿Por qué este suplemento, que debería aspirar a la ecuanimidad incluyendo al mayor número posible de voces, destaca a determinadosautores y deja fuera a otros de igual o incluso mayor importancia en el panorama de las letras regionales? ¿Es tan evidente sesgo producto de un mero ejercicio fallido de periodismo o hay algo más detrás de este  ejercicio de selección?
Yo sospecho que hay algo más. Permítanme explicarles el por qué.
En primer lugar, dudo del contexto tal y como se ha presentado: esa especie de gallina de los huevos de oro en la que, a tenor de lo publicado, parece haberse convertido la región en términos de producción literaria. Pese a tantas declaraciones bienintencionadas como incluye el citado suplemento –“Edad dorada de la poesía y narrativa asturianas” “Eclosión e infraestructura editorial autóctona vienen bien engrasada”“Política cultural y literaria de altas miras”…–, la realidad es otra y muy diferente. Las editoriales regionales tienen graves problemas financieros y viven a expensas de las subvenciones; los libros editados aquí tienen una presencia nula fuera de la región; los escritores apenas son promocionados y considerados, y los pocos que triunfan lo hacen publicando fuera de nuestras fronteras y después de largos y trabajosos años de silencios, zancadillas y un cúmulo de despropósitos; no hay una política clara por parte del actual gobierno regional, ni la hubo tampoco durante los gobiernos anteriores.
Y si el análisis del paisaje es inexacto en las citadas páginas, la descripción del paisanaje es cuando menos sorprendente. Para empezar, llama la atención la ausencia de la Asociación de Escritores de Asturias (AEA), unaentidad que, sin ser perfecta, ha luchado por dignificar la figura del escritoren Asturias. Y que, diez años después de su creación, y a pesar de las zancadillas y del continuo ninguneo por parte de unos cuantos escritores supuestamente consagrados,  de periodistas, de editoriales y de la propia administración pública, se ha asentado con bases bien sólidas en el imaginario colectivo. Véanse a este respecto los Premios de la Crítica de Asturias o las Jornadas de Literatura, entre otras muchas acciones y actividades que esa entidad ha venido promoviendo no sólo en Asturias sino también en Madrid y en Barcelona, y para ello me remito a la página de dicha asociación donde el lector encontrará buena información de lo dicho con anterioridad (www.escritoresdeasturias.es).  
Más ausencias. Al parecer, en un reportaje de estas características no merecen ser incluidos, y eso que escriben tanto en asturiano como en castellano, desde dentro y fuera de Asturias, narradores como José Avello, Carmen Gómez Ojea, Luis Fernández Roces, Rafael Reig, Fulgencio Argüelles, Diego Medrano, Pepe Monteserín, Gonzalo Suárez, Jorge Ordaz, Nacho Guirado, Eugenia Rico, Julio Rodríguez, Ángel García Prieto, Miguel Rojo, Milio Rodríguez Cueto, Pablo Rodríguez Medina, Pedro Antonio Curto, Antonio Valle, Susana Pérez Alonso, Saúl Fernández, Mariano Arias, José Luis Espina, Fernando Fonseca, Miguel Ángel Galguera, Javier García Cellino, Manuel Herrero Montoto, Félix Blanco, Xuan Santori, Armando Murias, Roberto González Quevedo, Pedro de Silva, Chus Fernández, Jaime Herrero, Ramón Lluis Álvarez, Pilar Sánchez Vicente…
 
"Al parecer, en un reportaje de estas características
no merecen ser incluídos muchos narradores y poetas"
 
Tampoco aparece ni por casualidad nombre alguno extraído de la genial cantera autóctona de autores dedicados a eso tan difícil que es la literatura infantil y juvenil. ¿Dónde están Juan José Lage y su revista Platero, merecedora del Premio Nacional al fomento de la lectura? ¿Qué ha sido de gente tan prestigiosa como Gonzalo Moure, Carmelo Fernández, Blanca Álvarez, Mónica Rodríguez o Mª Luz Pontón?
¿Y qué ha sido de la enorme legión de poetas que pueblan estas tierras? Una comunidad heterogénea en la que cabe de todo: figurativos, cultivadores de la escuela del silencio, otros más realistas, los que gustan de la poesía de la conciencia o los llamados francotiradores. La lista es también de dimensiones telefónicas: Jordi Doce, Fernando Menéndez, Javier Lasheras, Ricardo Labra, Juanjo Barral y el colectivo de La última canana de Pancho Villa, Jaime Pride, Alejandro Céspedes, Miguel Postigo, José María Castrillón, Rosario Neira, David Suárez, Ada Menéndez, Francisco Álvarez Velasco, Francisco Alba, Eduardo Errasti, Esther Prieto, Herme G. Donis, Taresa Lorences, Lourdes Álvarez,Teresa Soto…
Tampoco incluía el especial de El País a ninguno de los ensayistas o periodistas culturales en activo: Jesús Palacios, José Havel, Francisco García Pérez, Tino Pertierra, Chus Neira…
Y por último, el supuesto análisis eludía totalmente a la caterva de jóvenes cachorros clandestinos, de entre los cuales me vienen ahora a la cabeza nombres como: Laura Manzano, Natalia Menéndez, Santiago Bertault, Laura Casielles, Alejandra Sirvent, Lauren García, Anibal del Valle, Pablo Texón, Pablo X. Suárez, David Barreiro, Manolo D. Abad, Diego Álvarez, David Fueyo…
 
"El citado suplemento recurría a un grupo de escritores que,
aunque se queja de forma amarga,
  va a parar una y otra vez los parabienes de las instituciones oficiales"
 
 
Por contra, el citado suplemento recurría únicamente a un abanico de escritores que es, desde hace más de 20 años, lugar común y falso escaparate de lo que en realidad se hace en Asturias. Un grupo que, aunque se queja de forma amarga, es curiosamente al que van a parar, una y otra vez, los parabienes de las instituciones oficiales y que, calculado a ojo, representa tan sólo el 20% de la producción literaria de la región.   

Por supuesto, nadie en su sano juicio podría aspirar jamás a la inclusión en un suplemento de estas características del 100% de escritores, grupos, escuelas o tendencias que cohabitan en una misma región. Pero de ahí a lo publicado hay un trecho. Y la muestra por la que se ha optado está muy lejos de ofrecer una visión objetiva y con aspiraciones aglutinadoras. El panorama literario asturiano es mucho más que ese manido 20% de ese suplemento publicitario incluido en El País.
En fin, como decía al principio, tal vez todo esto no haya sido más que un desliz en la obtención de datos, cuya consecuencia directa es la perpetuación de una imagen distorsionada y muy poco feliz de la literatura actual realizada por autores nacidos o residentes en Asturias. En el caso de que sólo haya sido eso, hemos de lamentar, como mínimo, que esta promoción publicitaria financiada con dinero público no sirva para representar a todos.

Y temo que habrá que ir pensando o en otras fórmulas para hacerse oír. En fórmulas alternativas para iluminar a una Asturias creativa ignorada. En maneras de evitar visiones reduccionistas y mal informadas. En reivindicar de una vez por todas la pluralidad y la musculatura de los numerosos escritores clandestinos que siguen creando desde una Asturias que es de todos, aunque por lo visto, al Gobierno de turno no se lo parezca.                                                                                   

 

La gran huella de Albert Camus, por Javier Lasheras. 4/I/10

       Tres años después de que le fuera concedido el Premio Nobel (1957), un accidente de coche ocurrido el día 4 de enero de 1960 sesgó la carrera literaria del autor francés. Con el fin de recordar la actualidad de su literatura les invitamos a leer los últimos párrafos de tres de sus obras principales. El extranjero (1942) es una descripción lúcida de la carencia de valores y de la nostalgia de una coherencia moral. La peste (1947) se configura como la crónica novelada de una tragedia que incide en la investigación moral de los hechos. Y, por último, La caída (1956), en donde Camus refleja al hombre contemporáneo condenado a vivir bajo el absurdo y obligado a sufrir la presencia pertinaz de una realidad hostil.
       Su obra literaria y filosófica ocupa un lugar de honor en la cultura y el arte de todos los tiempos. Con sus novelas, dramas y ensayos se convirtió en un referente moral e intelectual para una Europa desgarrada por el nazismo y la guerra fría.
 
De El extranjero (1942)
 
Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.
En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre diferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
 
De La peste (1947)
 
Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda debería seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.
Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
 
De La caída (1956)
 
Bueno, bueno, me quedo tranquilo, no se preocupe. Además, no se fíe demasiado de mi enternecimiento, ni de mis delirios. Los controlo. Por ejemplo, ahora que usted va a hablarme de sí mismo, voy a saber si he alcanzado uno de los objetivos de mi apasionante confesión. En efecto, siempre espero que mi interlocutor sea un policía y que vaya a detenerme por el robo de Los jueces íntegros. Por lo demás nadie puede detenerme, ¿no es cierto? Pero lo referente a ese robo cae bajo el dominio de la ley y lo he arreglado todo para convertirme en cómplice; oculto ese cuadro y lo muestro a quien quiere verlo. Por lo tanto, usted podría detenerme y ése sería un buen comienzo. Quizá se ocuparan después de lo restante; por ejemplo sería decapitado, y ya no tendría miedo a morir y estaría salvado. Usted alzaría mi cabeza todavía fresca por encima del pueblo reunido para que se reconozcan en ella y que de nuevo, ejemplar, yo les domine. Todo se habría consumado, y yo habría concluido, en un santiamén, mi carrera de falso profeta que predica en el desierto y se niega a marcharse.
Pero por supuesto usted no es policía, sería demasiado sencillo. ¿Cómo? ¡Ah! Lo sospechaba, créame. El extraño afecto que sentía por usted tenía pues un sentido. ¡Usted ejerce en París la hermosa profesión de abogado! Ya sabía yo que éramos de la misma raza. ¿No es cierto que todos nos parecemos, hablando sin tregua a nadie en particular, confrontados siempre a las mismas cuestiones aunque conozcamos las respuestas por adelantado? Entonces, se lo ruego, cuéntemo lo que le sucedió una noche los muelles del Sena y cómo logró no arriesgar nunca su vida. Pronuncie usted mismo las palabras que desde hace años no han dejado de resonar en mis noches, y que al fin yo diré por boca suya: «¡Oh muchacha! ¡Arrójate otra vez al agua para que yo disponga de una segunda oportunidad de salvarnos a ambos!». Una segunda oportunidad, ¿eh? ¡Qué imprudencia! Suponga, querido colega, que le tomo la palabra. Habría que pasar a los hechos. ¡Brrr…! ¡Qué fría debe estar el agua! Pero tranquilicémonos. ES demasiado tarde, siempre será demasiado tarde. ¡Afortunadamente!
 
 
 

 

El teatro de la memoria, de Leonardo Sciascia. Por Ángel García Prieto (1/I/2010).

Leonardo Sciascia

El teatro de la memoria (Il teatro della memoria)
Barcelona, Tusquets, 2009.
 
112 páginas. 13 euros
Traducción de Juan Ramón Salmerón
 
 
Leonardo Sciascia es un autor siciliano (Racalmuto, 1921 – Milán, 1989) considerado como un clásico del s. XX. Tiene publicadas en español una veintena de novelas, entre las que se podrían destacar El día de la lechuza, El Consejo de Egipto, El caballero y la muerte, Puertas abiertas, El contexto o  La bruja y el capitán. Durante unos años fue maestro en su tierra natal, antes de dedicarse al periodismo y a la creación literaria. Su narrativa suele ser policiaca o histórica, pues le sirve para denunciar el abuso de poder desde su compromiso ideológico, más o menos en la órbita liberal y radical.

Además de una serie de novelas de ambiente policiaco, que muchas veces se desarrollan en Sicilia, ha escrito una serie de narraciones que no son de ficción, sino sobre acontecimientos reales que conmovieron a la sociedad italiana y que además de estar descritos con una tensión literaria de suspense se acompañan de lúcidas y enriquecedoras reflexiones y críticas, como por ejemplo Los apuñaladotes, la desaparición de Majorana o El caso Aldo Moro. Este es también el caso de El teatro de la memoria, que ahora se presenta de nuevo, después de que fuese publicada en español por vez primera en esta misma editorial en 1986.

El teatro de la memoria es la historia – pirandeliana – que nace en torno a la identificación de un hombre amnésico, arrestado el 10 de marzo de 1926 por un pequeño robo en un cementerio de Turín. La esposa de un profesor universitario desaparecido hacía diez años en un frente de batalla de la I Guerra Mundial y muchas otras personas se empeñan en que se trata de él, Giulio Canella. Sin embargo, datos policiales y forenses, la familia y un alternativo grupo de presión, se mueven en la idea de que se trata de un tipógrafo turinés, Mario Bruneri, buscado por otros delitos menores. Varios juicios en diversas instancias y tribunales dan lugar también a que se vaya haciendo cada vez más difícil conocer la verdad entre los engaños del recuerdo y los intereses de una y otra facción en que, sobre el tema, se dividió la sociedad italiana.

 

Donde viven los monstruos: Un muy hermoso filme sobre la infancia. Por Tanja Pérez Hunte (1/I/2010).

Donde viven los monstruos, es la adaptación del libro homónimo de Maurice Sendak, igualmente productor del filme –junto a Tom Hanks—, que ya fuera objeto de una tentativa de translación en dibujos animados por los estudios Disney en 1983 (algunas de esas imágenes, realizadas por el mismísimo John Lasseter, pueden verse a través de internet). Uno de los diez libros para niños más vendidos de todos los tiempos desde los años 70,esta obra literaria infantil publicada en 1963, no es precisamente célebre por su vertiente de cuento de hadas, sino más bien por su exploración del lado oscuro de las fantasías y de los sueños de los niños.

Por eso, el director, Spike Jonze, viene declarando sin cesar que no se propuso hacer una película para niños, que su intención era hacer un filme sobre la infancia, una historia donde un crío de nueve años intenta comprender mejor su entorno y su mundo, así como algunas emociones suyas conflictivas e incontrolables. De ahí que la mayor parte del largometraje esté filmado con la cámara al hombro para respetar el punto de vista subjetivo del pequeño Max (Max Records). Trabar relación con otros, gestionar sus relaciones con los demás, ese es el reto al que el protagonista se enfrenta, un desafío que, sabemos, continuará luego durante la vida adulta conforme a las bases sentadas en la infancia.

Mecido por una poesía visual palpable a cada plano, Donde viven los monstruos aprehende todo el potencial dramático y onírico del relato de Sendak para ofrecer una visión sin concesiones de la infancia por medio de sus momentos de despreocupación, pero también de sus miedos y heridas. Rehuyendo el estereotipo moral políticamente correcto de cierto cine infantil (como el de Disney, por ejemplo), Spike Jonze zambulle al espectador dentro del torbellino de las emociones cambiantes de un niño, con una energía y una pizca de locura liberadoras dignas del mayor aplauso.

 
 
DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS (Where the wild things are). EE UU, 2009. Dirección: Spike Jonze. Guión: Spike Jonze y Dave Eggers; basado en el libro de Maurice Sendak. Producción: Tom Hanks, Gary Goetzman, Maurice Sendak, John Carls y Vincent Landay. Música: Karen O. y Carter Burwell. Fotografía: Lance Acord. Montaje: James Haygood y Eric Zambrunnen. Diseño de producción: K.K. Barrett. Intérpretes: Catherine Keener (madre), Max Records (Max), Mark Ruffalo (novio), Lauren Ambrose (voz de KW), Chris Cooper (voz de Douglas), James Gandolfini (voz de Carol), Catherine O’Hara (voz de Judith), Forest Whitaker (voz de Ira), Paul Dano (voz de Alexander). Duración: 102 minutos.

 

Reseña de Vacaciones en Polonia, nº 4 Literaturas antropófagas, por Ernesto Colsa. 28/XII/09

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VACACIONES EN POLONIA
Número 4. Literaturas antropófagas.
 
El Ojo Portátil.
 
 
 
 
 
 
 
 
Imaginen un monográfico sobre canibalismo y literatura que en casi doscientas prietas y amplísimas páginas compendie, entre otras curiosidades, un dossier sobre el movimiento antropófago brasileño (Oswald de Andrade, Tarsila do Amaral, Emiliano di Cavalcanti…), un imposible pero sugerente cadáver exquisito pergeñado por, verbigracia, Jarry, Sartre, Woolf o Derrida, una selección de cuentos de Roland Topor, Manuel de Lima, Pablo Palacio y otros, un estudio sobre la obra de Georges Perec, una miscelánea caníbal con reseñas sobre Virgilio Piñera, Jonathan Swift, Flávio de Carvalho, Xavier Forneret o Roberto Arlt, una breve semblanza de criminales famosos que acostumbraban a deglutir total o parcialmente a sus víctimas, extractos de Lydia Lunch, Jean Lorrain, Robert Bloch… todo profusa y bellamente ilustrado, con una meticulosa corrección de estilo —que es lo que se echa en falta en publicaciones de estas características— y sin pausas publicitarias; en definitiva, una obra maestra del underground nacional en la que no hay sebo, sólo proteína. 
  
Todo esto y muchísimo más conforma el número cuatro de “Vacaciones en Polonia”, el fanzine más erudito, elaborado, hermoso y sugerente que ha llegado a las manos de este cronista acostumbrado a investigar en las cuestiones contraculturales, donde tanta propuesta huera campa a sus anchas con total impunidad. Compren “Vacaciones en Polonia”, éste y los números atrasados, en http://sites.google.com/site/vacacionesenpolonia/ (15 € más gastos de envío), y solácense, aprendan, maravíllense y, sin que sirva de precedente, denme la razón.
 
 

Buda, en la margen derecha del Danubio. Por Ángel García Prieto (25/XII/2009).

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El Danubio es para uno de los grandes poetas húngaros, Joseph Attila, el río “turbio, sabio y grande”, que a lo largo de sus siglos y de su dilatada carrera hacia la desembocadura en el Mar Negro ha llegado a saber tanta historia difícil y dura y de tantas invasiones, guerras y calamidades; pero también testigo de mucha grandeza, belleza, alegrías, arte, y sabiduría, como las de la “civilización danubiana” que casi llega a hacer realidad el sueño de la unidad centroeuropea con el Imperio Austro-Húngaro de Francisco José I. Y si “el Danubio enfila las ciudades como perlas”, al decir de Claudio Magris, lo hace de un modo magistral en el punto de encuentro de pueblos y geografías, allí donde se unen o se separan Europa Central, los Balcanes y el Mar Negro o si se prefiere el Oriente y el Occidente, el Norte y el Sur de Europa, en esa ciudad doble que unen los puentes, o en esos bellísimos puentes – Petöfi, la Libertad, Isabel, de las Cadenas, Margarita y Arpad – que hacen de tres ciudades una, la primera ciudad de Hungría: Budapest.

Las tres existían desde siempre, pero Buda fue sede real ya desde 1408 y sólo en 1873 se reúne con Óbuda y Pest para formar la única ciudad actual, que con su millón ochocientos mil habitantes es la capital del país magiar.  

 

La Colina del Castillo

En la orilla del río y a sesenta metros sobre su nivel, esta colina era un buen lugar para que hace ocho siglos decidieran construir allí la fortaleza, el palacio real y la iglesia más representativa de la ciudad. Y a su alrededor se fueron alzando los palacios de los nobles y cortesanos, se instalaran dependencias del gobierno de la urbe y diversos espacios públicos ornamentados. Hoy, esta ciudadela se presenta muy limpia y cuidada, tranquila para los peatones y con muchos atractivos turísticos para la visita de miles de forasteros.

Desde la placita de la Puerta de Viena, en la que ya se pueden ver monumentos como la Iglesia Luterana de Buda y el neogótico Archivo Nacional, de llamativos tejados de arcilla coloreada; al lado, otra plaza algo más amplia tiene las ruinas y la torre de la iglesia de Santa María Magdalena, de origen románico y que se abre también a otro museo, el de Historia Militar. De allí parte una de las vías más bonitas de la ciudad, la Calle de los Señores, con coloreados palacios de una o dos plantas, destruidos en el s. XVI por los turcos y en 1944 por los combates de la II Guerra Mundial, y rehechos en la década de los cincuenta del pasado siglo, con los detalles góticos, renacentistas o barrocos de sus orígenes. Varios de esos nobles edificios tienen una rica historia, alguno es un museo y todos sirven de elegante decoración para desembocar en la Plaza de Armas, donde se alza el monumento a los caídos en la revolución de 1948 contra los austriacos, frente a otro palacio y varias casonas de época.

Más allá se alzan las construcciones de la fortificación que rodean el Palacio Real, vasto edificio ajardinado de estilo neoclásico del XIX, con fuentes, estatuas, portadas y una gran cúpula, que entre otras dependencias alberga la Galería Nacional de Hungría, la colección más representativa de arte húngaro, y la Biblioteca Nacional Széchendy. Junto a los jardines de la entrada, está la estación de un elevador de cremallera que sube desde la plaza de Clark Adam, situada a la orilla del río, en la desembocadura del vistoso y elegante Puente de la Cadenas. Desde allí se contempla una de las más bellas perspectivas sobre el Danubio y Pest, en la orilla opuesta.

Al regresar hacia la puerta de Viena por la calle de Mihály Táncsis, se alza el monumento a la Santísima Trinidad, en forma de columna barroca, centrando la pequeña plaza del mismo nombre, en la que está el Ayuntamiento Viejo de Buda con su torre y al lado el hotel Hilton, discutido edificio que mezcla los restos góticos tardíos y barrocos de un antiguo convento con la añadida construcción reciente de líneas muy modernistas. A dos pasos está la plaza de Szentháromsag, que en la Edad Media era el mercado del pescado, con la mayestática figura del rey Esteban I a caballo, entre el Bastión de los Pescadores y la iglesia de Matías. El Bastión de los Pescadores es un monumento neorrománico, hecho en homenaje a la Cofradía de Pescadores, que decora la antigua muralla y sirve como otro mirador también sobre el Danubio y Pest. De la iglesia de Matías destaca una alta torre sobre el perfil urbano de Buda, que como el templo tiene un origen gótico del s. XIV; fue destruida en más de una ocasión, aunque conserva de su origen algunos paños de muros y parte de otra torre secundaria, en su reconstrucción neogótica tras la II Guerra Mundial. Sus inclinados tejados están recubiertos de cerámicas vidriadas multicolores, tiene un gran rosetón, vitrales, portadas y en el interior los muros y techos están completamente decorados con pinturas llamativas. Destaca, además de la imagen principal de la Virgen María Nuestra Señora, a quien está dedicado el templo – pues el nombre de iglesia de Matías se refiere al rey Matías Corvino que la amplió y enriqueció en el s. XV – la tumba del rey Bela III y su esposa.

La colina del Castillo tiene un subsuelo horadado por cuevas naturales calcáreas, corredores, mazmorras, almacenes y polvorines que constituyen un entramado de kilómetro y medio, en el que ahora se alberga y exhibe al público el Laberinto Prehistórico, con réplicas de pinturas rupestres europeas y el Laberinto Histórico, con personajes legendarios húngaros. Por otro lado, y como solución de salida al tráfico rodado de Buda hacia Pest por el Puente de las Cadenas, a mediados del s. XIX se hizo un túnel de trescientos cincuenta metros de largo por nueve de ancho y once de alto, que en su entrada por el lado del río tiene un pórtico neoclásico elegantísimo. No lejos de la otra boca del túnel, en un acceso peatonal de largas escalinatas a la colina por su parte occidental, está la calle Mikó, donde vivió uno de los novelistas húngaros más conocidos en la actualidad: Sándor Márai.

Avatar, de James Cameron: Todo un acontecimiento. Por Tanja Pérez Hunte (25/XII/2009).

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Aun cuando el guión de James Cameron no se adentra en territorios demasiado desconocidos y, por momentos, pone en juego personajes estereotipados, el conjunto de Avatar funciona con equilibrio y precisión. El realizador sabe alear, sin subrayados molestos, los rituales de iniciación con una historia de amor naciente entre el ex marine Jake Sully (Sam Worthington) y la guerrera na’vi Neytiri (Zoë Saldana), dejando al espectador bajo el flujo de una emoción sin sabor a sensación prefabricada.

Quizá todavía sea pronto para afirmarlo categóricamente, pues sólo el tiempo acaba dictando el verdadero alcance de las cosas, pero bien podría haber un antes y un después del Avatar de James Cameron. Como poco, nada más ver el filme, uno desea regresar inmediatamente al planeta Pandora para vivir de nuevo una experiencia en verdad pasmosa. Seguramente influenciado por sus incursiones últimas en el documental, el cineasta encara su nuevo mundo –formulación evolucionada del universo cameroniano— más con la actitud de un explorador –en su caso, animista— que con la de un aventurero en sentido estricto. Atrás quedaron las torpezas que lastraban a los ya en su momento ecoalarmistas Terminator o Abyss.

Con esta película podemos experimentar cómo no sólo el hombre nace dos veces de la mano de ese ser híbrido –mitad humano, mitad na’vi— que es el Avatar : el cine mismo (y con él los espectadores) renace bajo la forma de un más que probable mito nuevo de la ciencia-ficción, exhuberante en fuerza y belleza. Nunca el formato 3D fue menos accesorio. Tal vez estemos ante uno de los avances tecnológicos más prodigiosos desde la creación del Technicolor, al que se asiste con esa impresión, casi irreal, de acceder al descubrimeinto de lo prístino. Avatar es uno de esos trabajos-compendio producto de toda una vida, al estilo de consagraciones tales como la de Tolkien a su Tierra Media.

 
AVATAR
EE UU, 2009.
Dirección y guión: James Cameron.
Intérpretes: Sam Worthington, Zoë Saldana, Michelle Rodriguez, Sigourney Weaver…

Duración: 162 minutos.