Freaky Rider: Mammuth (2010), de Benoît Delépine y Gustave de Kervern. Por José Havel (13/09/2011).

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Mammuth es un filme digno del universo de Groland, ese país imaginario de Canal+ Francia que tiene una frontera común con todas las naciones del mundo, a través del cual se parodia la actualidad francesa e internacional. Sus realizadores, Benoît Delépine y Gustave Kervern, artífices y actores de Groland, hacen participar a su cuarto largometraje del socialmente contestatario humor trash, con gags y reflexiones de arisca causticidad, de las célebres emisiones grolandesas. Una película, Mammuth, rodada, además, en continuidad con la filmografía de sus autores. De Aaltra (2004) y Avida (2006) retoma la condición de road movie; con respecto a Louis-Michel (2008), utiliza el esquema inverso del argumento de aquélla, que partía de un elemento dramático para virar hacia la comedia: un grupo de obreros despedidos indignamente forma una cooperativa a fin de contratar un asesino a sueldo que se deshaga de su indecente patrón.

Mammuth versa asimismo sobre trabajadores y, a semejanza de sus antecesoras, es otro OVNI cinematográfico: un Objeto Visionable No Identificable, por indefinible. En su caso, el relato de la odisea de Serge Pilardosse (Gérard Depardieu, inconmensurable).Recién jubilado, vive con su mujer Catherine (Yolande Moreau), cajera de supermercado, «a dos dedos de pasar de la homeopatía a los tranquilizantes». Apodado Mammuth a causa de su moto alemana Münch Mammuth de los años 70, que no había vuelto a tocar desde entonces, asociada como está al fantasma de su primer gran amor de juventud (Isabelle Adjani) perdido en un accidente, Serge debe partir en largo viaje, a sus sesenta años, recorriendo todos los empleos que tuvo en el pasado. Sólo cobrará su retiro si logra recabar toda la documentación —nóminas y demás— que todos y cada uno de sus antiguos jefes olvidaron presentar.

Pero poco a poco esos documentos pierden importancia. A lo largo de su aventura el protagonista se confronta con su pasado. La obligada errancia entraña la búsqueda de unas respuestas que sólo pueden hallarse mirando hacia adelante, incluso a una edad en la que, aparentemente, es tarde ya para reconstruirse a sí mismo.

Cámara en mano, fotografía naturalista en granulado soporte a lo 8 mm, intención social diáfana (disolución de la cultura obrera y su orgullo de clase — una clase trabajadora hoy descabezada y sin voz—, deshumanizadora tecnificación del mundo), el cuarto largometraje de Delépine y Kervern es una road movie de base realista que destila una lírica trash de gran sensibilidad, tierna y cómica, con acentos propios del surrealismo (la galería de personajes resulta en verdad pintoresca), en torno a la Francia de las gentes humildes —los invisibles de la sociedad— que se las arreglan como pueden dentro una existencia opaca. El espectador ríe con tan patafísico espectáculo, si bien inquieto.

Conmovedor en su papel, Gérard Depardieu, probablemente el mejor actor del mundo a fecha de hoy, inmenso en todos los sentidos, no tiene reparos a la hora de mostrar su obelixiana gordura en aras de la humanidad de su personaje, melancólico y frágil gigante baqueteado por la vida, que compone con impresionante justeza de tono.

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