Ángeles y demonios tan mediocres como entretenidos. Por Tanja Pérez Hunte (18/05/2009)

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Considerada por muchos como la continuación de El código Da Vinci (2006), el thriller “teológico-ocultista” Ángeles y demonios, una de las grandes víctimas de la huelga de guionistas del año 2007 en Hollywood, es en realidad una especie de precuela, que cuenta una investigación anterior de Robert Langdon (Tom Hanks), el experto en simbología religiosa de la Universidad de Harvard, efectuada con antelación a los acontecimientos relatados en El código Da Vinci. Todo se desencadena en Roma, cuando el Papa fallece. Los cardenales se hallan en cónclave para elegir a su sucesor, pero cuatro de los candidatos son secuestrados, para ser ejecutados uno tras otro antes de que explote una bomba antimateria en la Basílica de San Pedro. Entonces Robert Langdon advierte evidencias del resurgimiento de una antigua hermandad secreta conocida como los Illuminati, la organización clandestina más poderosa de la Historia. Langdon tendrá poco tiempo para comprender lo que se trama contra el Vaticano y desbaratar el vengativo complot terrorista de la mencionada hermandad, compuesta de sabios e intelectuales combatidos secularmente por la Iglesia Católica. Toda una carrera contrarreloj y contra el crimen que transcurre como si de una partida de Cluedo se tratase.

El código Da Vinci sobrevolaba, encadenándolas superficialmente, hipótesis con cierto interés en el fondo; Ángeles y demonios se contenta con ser un relato policíaco de ritmo ajustado que, precisamente, evita verse retardado por su fondo. Así, se evocan a menudo determinados aspectos referentes a las relaciones entre la ciencia y la religión, pero curiosamente son despachados enseguida por un diálogo que intenta siempre moderarlos, para intentar de complacer a todo el mundo y, sobre todo, no contrariar a nadie más de la cuenta.

Con un guión mecánico y telegrafiable hasta en sus pistas falsas, igual de estereotipado que las interpretaciones de los actores (salvemos a Ewan McGregor), Ángeles y demonios, más dinámico y trepidante, de mejor construcción rítmica, quizá sea mejor película de entretenimiento que El código Da Vinci, un filme éste sin mayor historia, aunque digno dentro de los parámetros de la cartelera palomitera, si tenemos en cuenta el bodrio de libro en que se basaba. Todo apunta a que Ángeles y demonios funcionará mejor en taquilla desde el boca a oreja, pues aburre menos. De hecho no aburre, la verdad sea dicha, dentro de su manifiesta mediocridad. Pero tampoco nos engañemos: poco más hay en esta función que trepidación narrativa y el paseo turístico por la maravillosa Roma, en buena medida reconstruida en estudio, que nos proporciona el último largometraje de Ron Howard, a quien está claro que la Ciudad Eterna parece inspirarle mucho más que París y que, por supuesto, el universo de Dan Brown.

 

ÁNGELES Y DEMONIOS (Angels & Demons). EE UU, 2009. Dirección: Ron Howard. Guión: Akiva Goldsman, basado en la novela homónima de Dan Brown. Música: Hans Zimmer. Fotografía: Salvatore Totino. Montaje: Dan Hanley y Mike Hill. Diseño de producción: Allan Cameron. Intérpretes:Tom Hanks (Robert Langdon), Ewan McGregor (Camarlengo), Ayelet Zurer (Dra. Vittoria Vetra), Stellan Skarsgård (comandante Richter), Pierfrancesco Favino (inspector Ernesto Olivetti), Nikolaj Lie Kaas (asesino), Armin Mueller-Stahl (cardenal Strauss), Thure Lindhardt (Chartrand), David Pasquesi (Claudio Vincenzi), Cosimo Fusco (padre Simeón), Victor Alfieri (teniente Valenti)… Duración: 138 minutos.

 

 

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