Entrevista a Antonio Gamoneda, por Lauren García.

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ANTONIO GAMONEDA:

 

  

 

“En la hora de crear no hay que tener en cuenta nada”
 
 
 
Como una belleza herida se ha ido configurando la obra poética de Antonio Gamoneda a lo largo ya de numerosas décadas. Una línea de escritura que contempla de frente la vida con toda su mixtura de amargor y dulzura. El poeta que quiso abrigarse del frío, que vio arder la vida como una tarde de invierno, consagró una existencia jalonada de una manera de concebir y moldear el verso.  En esta conversación el Premio Cervantes, que recibió hace escasas fechas en Oviedo el Premio de las Letras honorífico de la Asociación de Escritores de Asturias, resume sus desvelos literarios a lo largo de tantos años. Antonio Gamoneda sabe de palabras y silencios, de callar para que hable con total naturaleza el poema: “Una pasión fría endurece mis lágrimas. Pesan las piedras en mis ojos: alguien/ me destruye o me ama”.
 


 

 

 

¿ Requiere la poesía una definición o es indefinible en sí misma?

 

 
-No es necesaria, además de ser imposible, una definición. Es una experiencia, un hecho existencial que se produce o no. Hay, con todo, algunas fascinantes aproximaciones que nos dicen mucho de algún aspecto aspecto esencial, aunque no sean propiamente definiciones. Por ejemplo, Juan de Yepes, es decir San Juan de la Cruz: “un no saber sabiendo. O yo mismo (sin fascinación, claro): “un pensamiento impensado que no procede de reflexión o proyectos previos, sino que es generado rítmicamente por desconocidos mecanismos cerebrales, y que puede sorprender al propio poeta”.
 

 

 

 

-¿Son la guerra civil y la consiguiente posguerra una marca “de fuego” ineludible en sus inicios poéticos?

 

 
-Sí ,ciertamente, para aquéllos que las hayan vivido (insisto: vivido) en modo pleno y consciente (tan consciente como les ha permitido su edad), y no sólo para los inicios poéticos”, sino para siempre. Porque se modificaron su conciencia y su sensibilidad y éstas son partes de su naturaleza. No hay, pues, posibilidad de olvido.
 

 

 

 

 

-¿Consiguió liberarse de toda esa pesada carga con libros como “Arden las pérdidas” o “Canción errónea”?

 

 
-Estos o cualquier otro (quizás “Descripción de la mentira”) suponen, son, lo que sepa el poeta, o no, un “movimiento” de liberación. Pero la liberación es parcial y momentánea; se ha objetivado un impulso subjetivo, sólo un impulso. La subjetividad permanece “ocupada”, consciente e inconscientemente, por la causa que motivo el impulso y, probablemente, volverá a suscitarlo.
 

 

 

 

 

-¿Un poema puede justificar y resumir la existencia?

 

 
-Es improbable. En todo caso, nunca para el propio poeta. Algunos, pocos, grandes poetas, a lo largo de la Historia, nos parecen que lo han hecho, pero no: se trata de una hipérbole suscitada por nuestra admiración.
 

 

 

 

 

-Ha sido uno de los testigos y participantes privilegiados del esplendor poético español del siglo XX, ¿qué recuerdos guarda del mismo y de sus coetáneos?

 

 
-Testigo, no mucho; participante, nada en absoluto. En el siglo XX yo no he sido más que un poeta provinciano (quisiera seguir siéndolo, se escribe mejor menos
condicionado), muy estimado por una minoría e ignorado por una mayoría. Tardíos (circunstancia que me trae sin cuidado, que, aunque no haya podido halagar transitoriamente mi vanidad mi poesía no es mejor que ellos), han llegado algunos reconocimientos, puede que justificados (¿por qué ser falsa o convencionalmente humilde?), pero insisto, mi poesía, el hecho principal, no tiene más verdad ni más peso porque hayan llegado. En cuanto al esplendor, pues yo creo que no se ha dado. Sí ha habido algunos, no muchos, grandes poetas  (tres, que yo recuerde, por este orden: Claudio Rodríguez, Blas de Otero y Valente; y otros que le andarán cerca en tamaño), pero  esplendor… Esplendor, después de la guerra civil, yo creo que no. No se puede opinar sensatamente que en esos sesenta años la poesía española haya tenido tanto o
más “peso”, como vengo diciendo, que el que tuvo la Generación del 27, la única existente en el siglo, por mucho que algunos pretendieran o pretendan ser una “generación”.
 

 

 

 

 

-¿Hasta que punto se han de tener en cuenta los maestros a la hora de crear?

 

 
-A la “hora de crear” precisamente no. A esa “hora” no hay que tener en cuenta nada; hay que tender exclusivamente a no estorbar que fluya de nosotros lo que parece ser necesario que fluya; a no estorbar el fluido con la pretensión de ser más listos, más brillantes, etc. Luego vendrá, ha de venir, la autocrítica, la autoexigencia, la corrección convenientemente despiadada. Pero sí a cualquier otra “hora” hay que estar en profundidad con los maestros- bien elegidos, claro- dejándonos impregnar incluso por ellos.
 

 

 

 

 

-Ha sido un autor muy vinculado a la pintura, ¿comparte este arte con la poesía la búsqueda de luz?

 

 
-Luz, ¿Qué luz?  Bueno, quizá nos entendamos. Todas las artes, todas, persiguen el instante en que se dé, como una aparición, la conciencia- la sensación, al menos de que ha surgido algo que sí, que para entendernos, podemos llamar “luz”.
 
 

 

 

 

 

-¿Esta la buena poesía por encima de corrientes estilísticas y disputas estéticas?

 

 
-De las corrientes estilísticas, puede que sí, y puede que no pero en cualquier caso, distinguiéndose por su particular, unitaria e individual calidad. Es, por ejemplo, el caso de Garcilaso, y otros no pocos grandes hay en el mismo. De las disputas estéticas ni por encima, que tales disputas son, simplemente, tonterías. Si a uno no le interesa pongamos, una tendencia, basta con que sea atinadamente consciente de ello. ¿Para qué disputar? Alguna vez, más bien por casualidad y si viene al caso, dice que no le interesa y olvida el asunto. Y ya está. No entenderé nunca, por ejemplo, tales disputas entre  cabezas del tamaño de las de Quevedo o Góngora. Tengo que pensar que no fueron realmente por divergencia poética, sino porque les gustaba pelear.
 

 

 

 

 

-¿El maridaje entre Asturias y León definió buena parte de su vida?

 

 
-Definir, definir… No sé. Yo soy cómo soy y no intento ser de otra manera. Quiero a Asturias y quiero a León; veo cosas que no me gustan en Asturias y las veo en León. En León pueden decirme que soy un “babayo” y que “se me ven las orejas asturianas”, y en Asturias quizás se piense que soy un “cazurro” irremediable. Bueno, pues de acuerdo; aunque unos y los otros, o quizás los dos, no tengan razón. No es problema, yo acá y allá- y en Guanajuato, y en Tokio- trato de estar con gente a la que pueda querer, o, al menos, tolerar, y que ellos puedan hacer lo mismo conmigo. Tengo enemigos, pero los ignoro y punto. Y si me equivoco alguna vez y me siento yo enemigo de alguien, pues punto, también, que sé que voy a olvidar o a meter donde no le sienta el asunto. Tampoco hay problema en esto. Otros muy distintos son los problemas con los que no puedo.
 

 

 

 

 

-Recientemente estuvo en Oviedo recogiendo el Premio de las letras a una carrera concedido por la Asociación de Escritores de Asturias, ¿cómo resumiría la  experiencia?

 

 
 
-Pues como grata y hasta emocionante. Ya he dicho que los premios no hacen que yo “valga” más; que pueden envanecerme transitoriamente y…. Pero en este premio hay un componente especial: me lo ha dado la tierra donde nací yo y nacieron mis padres, y mis abuelos y, seguramente, los padres de mis abuelos: en Oviedo o en Luarca. Y el premio me lo han dado escritores asturianos. Es distinto, incluso y a causa de esto, de un premio que me diesen en León, mi tierra de residencia. ¿Me he explicado?
 
 
 
Lauren García

 

 

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