Entrevista a José Ángel Ordiz, por Javier Lasheras y José Havel. 28/04/2009.

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José Ángel Ordíz y el placer de la invisibilidad.
 
En su nota en la web de la Asociación de Escritores de Asturias, José Ángel Ordíz dice: “Lector y escritor desde la adolescencia, en la actualidad lee y escribe en Oviedo”. Parece que Ordiz tiene la lección bien aprendida pues no se puede expresar mejor la propia biografía y el transcurso del tiempo en menos espacio. Este autor de San Martín del Rey Aurelio, Licenciado en Química y ex profesor de Física y Química acaba de publicar y de presentar Mujer te doy, (Biblioteca CYH, Ciencias y Humanidades, Barcelona, 2009). Con una mirada senequista y con una amplísima y generosa sonrisa en el alma tras ganar el Premio Ángel Miguel Pozanco con la obra titulada Circo, nos acerca sus puntos de vista literarios. No se los pierdan.
 

Después de ser finalista del Herralde viene usted con tres panes debajo del brazo. Buenas noches, Laura, Mujer te doy, Circo. Sale usted a premio por año. ¿Está en racha?

Uno de los finalistas en el Herralde. Al finalista de verdad le publica la obra Anagrama, como fue el caso de Jorge Ordaz, y mi novela no la publicaron. Sucede que los editores usan ese dato como reclamo y no lo aclaran del todo. Lo de los premios… Yo me presento a ellos sólo para poder publicar dignamente, y de novela tengo tres, tampoco exageremos. Como llevo treinta años escribiendo, ahora salgo a premio por cada diez años, no por año. Sí fui finalista un montón de veces, como con Mujer te doy, que Biblioteca CYH publicó por eso mismo. Lo de estar en racha, que es innegable, se debe, sobre todo, a que ahora me representa una agencia literaria, la vallisoletana Salaber, y ejerce de padre por mí. Yo apenas ejercía: mandaba una historia a algún sitio y me olvidaba de ella enseguida, ya con otra en la cabeza.
 

Sus novelas no son fáciles. ¿Cree que eso ha propiciado que no sea usted un autor más conocido? ¿O cree que eso se debe al hecho de no haber publicado en una editorial con mayor presencia en el mercado?

Nunca haré rico a ningún editor con mi literatura ni con mi forma de ser, pero en la actualidad hay dos editoriales dispuestas a apostar por mí a pesar de conocerme y a pesar también de los saltos en el tiempo y en el espacio que caracterizan mi narrativa y que tanto desconciertan a ciertos lectores. Lo de no ser conocido es culpa mía: me encanta ser invisible, y no me gusta siquiera hablar de mis obras. Prefiero ir a otras presentaciones que a las mías. Lo mío ya lo conozco de sobra, y me aburro.
 

Mujer te doy es un título muy sugerente. ¿Vuelve a tratar y retratar como en la novela anterior a unos personajes complejos que deben ayudarse para salvarse? ¿Es usted un escritor obsesivo?

Cuento lo que la vida le va dictando a mi oído curioso, aunque muchas veces le hago trampas a la vida, por tramposa, pues me está matando mientras me entretiene, y modifico el cuento, como declaro en la contraportada de Mujer te doy. Las personas somos complejas, y mis personajes pretenden ser personas que a veces se salvan, provisionalmente, y a veces naufragan tanto si se ayudan como si no se ayudan. Soy obsesivo en el sentido de dar voz a los perdedores: tullidos como yo, locos, putas, gente así. Como Juan Marsé, salvando las distancias, uno de mis maestros, y como tantos otros.
 

Parece que le gusta realizar prospecciones de la vida desde una perspectiva límite, fronteriza…

Sí. Y morbosa también. Sin el distanciamiento irónico que algunos críticos aconsejan, seguramente con razón. Pero lo que más me importa a mí es no aburrir a los lectores, ni aburrirme yo. Y tengo la suerte de no vivir de la literatura, así que puedo escandalizar o criticar cuanto me plazca. Aunque me han dicho que la prisión de Villabona es muy fría, ¡fríos a mí!
 

Usted también frecuenta la poesía. ¿En este caso tildaría también su poesía como difícil? Y en este caso, ¿lo sería más por tratarse de poesía o por las emociones y pensamientos que destila?

Empecé escribiendo poesía, pero mis maestros me apuntaron enseguida que mis versos eran relatos camuflados, que esa poesía mía, tan pobre, cabía perfectamente en mi narrativa, que dejara la poesía para los verdaderos poetas. Tenían razón. Me consolé leyendo, por ejemplo, a García Márquez. En El coronel no tiene quién le escriba figura: “Tenía un paraguas con tantos agujeros que sólo servía para contar estrellas”. Si eso no es un verso hermosísimo, que alguien me explique por qué no lo es. Es cierto que circulan por ahí versos míos de juventud, que uno de ellos es la primera traducción al inglés que me han hecho, pero no, no frecuento la poesía, hasta ahí no llego.
 

Se confiesa usted lector ¿cuáles fueron su primer y su último deslumbramiento?

Lector antes que escritor, sí. Me recuerdo llorando mientras leía Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, y aconsejo fervientemente la lectura de Las bailarinas muertas, de Antonio Soler, más perdedores a la vista, no tengo remedio.
 

¿Ha conocido en algún momento de su quehacer una crisis literaria?

Siempre estoy en crisis, pero siempre escribo. Aunque ahora, como no veo el cajón con tantas obras inéditas, las crisis me duelen menos.
 

¿A la hora de escribir de qué elemento químico tira más: oficio o experiencia?

Van juntos. Acabo de terminar una novela que siempre quise escribir, pero me faltaba oficio y experie
ncia. Por eso tardé cincuenta y tres años en poder escribirla, aunque omita por ahí, como esos editores que no aclaran bien ciertos datos, el “poder” y diga simplemente que tardé cincuenta y tres años en escribirla.
 

Novela, cuentos, poesía… ¿Quién es la mujer y quién la amante?

La novela es mi mujer, la narración corta es mi amante, aunque siempre recordaré mi primer amor, la poesía.
 

Parece que Internet también le ha servido como vehículo de publicación. ¿Qué le parece la red?

Antes hablé de la agencia que mueve por ahí mis novelas, a la que debo la buena racha actual. Debo añadir que esa agencia se fijó en mí por mis publicaciones en Internet, que, para bien o para mal, es el presente del futuro. Para bien, en mi caso.
 

¿Se atreve a dar nombres de escritores extranjeros, españoles y asturianos (en este orden) de novela y poesía que le gusten?

Sí, por supuesto. Los doy con frecuencia, y así no tengo que hablar de mí. En novela, García Márquez, Cela y Fulgencio Argüelles, entre otros muchos, por supuesto, como los ya citados Juan Marsé y Antonio Soler, o como el Monteserín de La lavandera. En poesía, Pablo Neruda, Miguel Hernández y podría seguir con la generación del 27 al completo, Blas de Otero… Una injusticia dar tan pocos nombres, omitir, por ejemplo, a Muñoz Molina, a Terenci Moix, a Luis Mateo, a Víctor Pozanco, a Ángel González…
 

Y usted, ¿qué hace metido en una Asociación como la de los escritores de Asturias?

Lo que tenía que haber hecho mucho antes, cuando era demasiado amigo de mis silencios y soledades, de mi invisibilidad, tan descastado con mis criaturas.
 

¿Qué opinión le merece LITERARIAS? No se corte, por favor.

Colaboro en Literarias, creo que ya está todo dicho. Aunque algo añado por si acaso no es así: qué calidad tienen los textos, cuánto aprendo de mis colegas. Todavía no he leído un texto malo, y los leo todos.
 

¿Quién es más enemigo del autor: el crítico, el editor o los compañeros?

No lo sé. Como soy nadie, nadie se mete conmigo. Mis editores no, desde luego: invertir diez mil euros, o más, en alguien desconocido, y en los tiempos que corren…
 

Y por último, díganos. ¿Qué tiene que ver la química con la literatura?

Dicen que poco o nada, pero, en mi caso, cuenta mi madre que el único modo que ella tenía de que yo no volara la casa por mi afición infantil al gas butano, a prenderle fuego, era dándome un libro para que leyera. Al cabo de los años, la química me nutre el cuerpo y la literatura el espíritu. En fin, como ella dice, qué raros sois los escritores.

 

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