Gerardo Lombardero: “Todas mis novelas pasan por Asturias”. Por Lauren García. 06/12/2011

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A Gerardo Lombardero le agradan las historias salpicadas de intensidad desbordante sobre las que posa detenidamente el hilo circundante de la palabra. El escritor asturiano alumbra en La casa de las nueve palabras (Alcalá Grupo Editorial) la trama de una muda abandonada a su suerte en una montaña de una villa del norte. La prosa de Lombardero ataca al desamparo y a la deslealtad de la inhumanidad; es consciente del néctar que dejan las palabras al morderlas.

 

 

—¿Es su novela un grito contra la incomunicación?

 

Es un alegato al gran poder de la comunicación y la palabra. Hablamos y no sabemos el poder que tiene esa comunicación, y no distinguimos si para bien o mal. Es una advertencia de que la palabra hay que usarla con mesura.  

 

—Muestra también los virajes de la vida…

 

Sí, desde luego está patente en el texto;  la vida es imprevisible y la casualidad nos sorprende. La protagonista en ningún momento es dueña de su destino y el que lo cree poseer tampoco. Nadie es dueño de su destino. 

 

—¿Cómo perfila un libro donde la protagonista es muda?

 

La idea embrionaria se gestó en un bar con mi familia, de pronto empecé a hablar de la figura del criado. Pasé mi infancia en Salas con mis abuelos y contemplé aquel estado de semiesclavitud de esas personas llevado al extremo del anafalbetismo; en base a todo ello configuré la capacidad de hablar de la protagonista. 

 

—Ha escrito sobre la guerra civil española y su posguerra, personajes históricos como Porlier y Bobes o la segunda guerra mundial, ¿a qué debe este giro de timón con esta novela?

 

Cuando empecé la novela afronté varios retos terribles: para un hombre dar verosimilitud a un personaje femenino es complicado. Otro reto es ponerme en el lugar de un personaje mudo modelándola para conseguir que fuera sugerente para los lectores, y la crítica si la hubiere. Mi próximo libro es de carácter épico-histórico ambientado en la guerra carlista de 1872-1876. De un modo u otro todas mis novelas pasan por Asturias. 

 

—¿Tenía razón Pío Baroja al decir que la novela es un giro donde cabe todo?

 

Sí, hay un editor que me compara en el sentido peyorativo con Baroja porque dice que escribo igual de mal que él. La novela es un saco donde cabe todo muy ordenado y planchado. 

 

—¿Le cuesta dejar el estilo literario al escribir en prensa?

 

En prensa soy dueño de mi estilo, sino no escribiría en periódicos: procuro darle un uso aproximado a la novela porque hay que despertar al lector. A favor de los intentos de precisión y  tremendismo hay textos periodísticos que dejan mucho que desear. 

 

—¿Es labor de un escritor arremeter contra la mezquindad?

 

Contra la mezquindad, injusticia y corrupción imperante en los círculos literarios más restringidos. Cela creía en la remuneración de los escritores, pero creía que a veces debían trabajar gratis como los toreros y las prostitutas. 

 

—¿Cómo se compromete un artista en el caos que vivimos?

 

Pienso que en el papel de los escritores el compromiso debe de ser continuo: todo es mejorable. Yo que no soy religioso me conduzco con tres criterios: ética, honor y dignidad. Estamos viviendo un boom de Jovellanos, que no es de nadie sino de su propia figura. Todo es herencia de la época de la ilustración y la revolución francesa. 

 

—En su primer libro se refería a la poesía como “urticaria incurable” ¿Cómo va el tratamiento?

 

La poesía es un género al que vuelvo entre novela y novela como recurso de amparo. Desde mi edad cada vez es más de denuncia y crítica. En cada momento de mi vida tuve un poeta, ahora en la madurez mi poeta de cabecera es León Felipe; no estoy para cursiladas.

 

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