Una entrevista ligera a Ricardo Labra, por Javier Lasheras y José Havel. 4/10/2012

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Una entrevista ligera a Ricardo Labra 

» Soy un transgresor, cumplo todas las normas.

 
Por Javier Lasheras y José Havel
 
 
¿Qué valora más de un viaje?
El regreso, el sentirme un Ulises contemplando mi pobre Ítaca particular; tal vez la extraña sensación de percibir en mi piel, durante unos días, las angosturas de mis trajes cotidianos. También la extraña música que casi todos los viajes dejan en mis oídos y la dulce sensación de que una de las ciudades que he visitado aún me reclama.
¿Qué es lo que más le gusta hacer a las 8 de la tarde?
Depende de las ocho de la tarde. Aunque reconozco que solemos tener horario para casi todo en este mundo tan racionalizado. Tal vez lo que nos hace felices no tenga horario, y por eso se nos escape cada día entre los dedos de las manos.
¿Cuál es el riesgo principal de viajar con usted?
No llegar nunca al destino señalado, me fascinan las esquinas y los recovecos, la letra pequeña de los grandes itinerarios.
¿Qué valora más para elegir un acompañante?
Si es para realizar un viaje, alguien que no se crea Goethe o Marco Polo. Las ciudades se marchitan por las erudiciones permanentes y se empequeñecen por la búsqueda obsesiva de horizontes nuevos. Por eso me aterran las personas que no apartan los ojos de su guía de viaje o de su cámara fotográfica.
¿Cuál es ese lugar al que siempre le gustaría volver y por qué?
El lugar al que siempre quiero volver es aquél en el que se encuentran las personas que quiero y que me quieren, el porqué resulta obvio explicarlo. Todas las personas que se encuentran lejos de sus afectos, de su territorio emotivo, son unos exiliados. Los demás espacios o lugares idealizados son sublimaciones, locus amoenus con los que tratamos de compensar nuestras frustraciones cotidianas.
¿Cuál es su principal defecto?
No lo sé con certeza, todavía ando buscándolo en la mirada de los demás.
¿Y su principal cualidad?
Tal vez sea la de conocer demasiado bien algunas de las más intricadas trampas del juego, este cruel juego social en el que todos estamos inmersos. Los tahúres y sus aprendices nunca me lo perdonan.
¿Qué libros lee cuando viaja?
Una leyenda en una placa, un epitafio, una frase desprendida de un libro manoseado en un puesto de un mercado son para mí auténticos tesoros. Esas son mis lecturas favoritas, muchas veces justifican un viaje. No obstante, cualquier viaje es una trama de significaciones, un libro en el que vamos descifrando y rescribiendo sus renglones.
¿Y qué está leyendo ahora?
Un inteligente ensayo sobre la racionalización de la sociedad, esa racionalidad sobre la que ya nos alertó Max Weber y que tantas irracionalidades nos genera, titulado La Mcdonalización de la sociedad de George Ritzer, un profesor de sociología de la Universidad de Maryland.
¿Es usted de los que leen con lápiz y papel a mano?
No, salvo que sea una materia de estudio. No me gusta dejar mi rastro en los libros que leo, yo creo que tienen que ser los libros los que dejen su rastro imborrable en nuestra memoria. Los libros subrayados me recuerdan los rastros viscosos de los caracoles.
¿Cuál sería su mayor desdicha?
Conviene no mentarla, como sucede con los más íntimos miedos. Casi siempre se cumplen.
¿Qué obra publicada le hubiese gustado firmar?
Existen autores que los hacemos propios y de los que nos sentimos consanguíneos, sus libros se nos transforman en carne y memoria. Somos como los herederos de su sensibilidad, parte de un linaje en el que se abisma y perpetúa una forma de mirar y de interpretar la realidad. Ciertamente, esa es una de las magias de la literatura. Dejémoslo así, sin más divulgaciones.
¿Dónde le gustaría vivir?
Allí donde no me sintiese un exiliado de la literatura.
¿Cuál es su bebida favorita?
Aquella que concita la conversación y los buenos recuerdos: vino, cerveza, sidra…, de vez en cuando un whisky para convocar a la Luna.
Dígame un par de grandes novelas que se le atragantaron o nunca pudo terminar de leer.
Hay novelas que nunca acabo de leer por mucho que haya leído y releído todas sus páginas. Por eso tengo la impresión de no haber concluido nunca la lectura de una gran novela.
¿Cuál es su ciudad preferida?
La ciudad preferida, la ciudad idealizada, la construye nuestra nostalgia. La nostalgia de ser otro y de cumplir otro destino, tal vez más verdadero. ¿Quién no se siente asediado por el pobre argumento de cada día, por sus tediosas servidumbres? A veces digo París y mi corazón se conmueve.
¿Quiénes son sus escritores favoritos?
No me hace falta nombrarlos, ya lo hace mi escritura.
¿Cuáles son sus palabras predilectas o su frase favorita?
Tal vez la haya encontrado escribiendo un cuento corto, El resistente. Al terminar de escribirlo me di cuenta que aquello más que un cuento era uno de mis lemas vitales: Soy un transgresor, cumplo todas las normas.
¿Qué música suele escuchar?
Cuando estoy triste hay cierto tipo de música que no puedo escuchar, si no quiero abismarme aún más en mis sombras. Por eso casi siempre escucho ruidos desacompasados que me acompasan.
¿Con qué personajes históricos y personajes ficticios le gustaría pasar una velada?
Los personajes históricos conviene conocerlos a través de sus biógrafos o de sus historiadores. Si es un escritor, mejor conocerlo a través de su obra, que además es el motivo por el cual suscita nuestro interés. Recuérdese el encuentro, tras los esfuerzos y desvelos de Sidney Schih y de su esposa Violet, entre Marcel Proust y James Joyce en el hotel Majestic de París. El triste resultado de tan ideal reunión apenas fueron unas frases triviales, capaces de desanimar a cualquiera de sus más fervorosos lectores. En cuanto a los personajes ficticios, puedo asegurar que he pasado y paso muchas veladas con ellos: Gregorio Samsa, Eugenio de Rastignac y Clawdia Chauchat, y tantos y tantos otros, son para mí tan reales como mis recuerdos.
¿Por cuánto sale, más o menos, una ración de cien gramos de jamón ibérico puro de bellota, una copa de vino, un libro de poemas y una onza de chocolate?
Habría que preguntar a los versados economistas, pero me parece que últimamente la poesía está perdiendo crédito. Hay quien ve a los Adriá, Arzak, Arguiñano como a los nuevos poetas.
Recomiende un par de obras de arte.
Panorámica de Delft de Vermeer. Es el cuadro ante el que muere Bergotte en la fundamental obra proustiana de À la recherche du temps perdu. Ese fragmento en el que Bergotte contrapone la pared amarilla que aparece minuciosamente pintada en el cuadro con lo que ha sido su vida, pesando ambas en una balanza, me parece una de las páginas de oro de la literatura universal. Ya he recomendado un par de obras de arte.
En la escritura de qué se halla usted ahora inmerso.
Un buen jugador sólo enseña sus cartas cuando finaliza la partida. Mostrarlas antes, variaría su resultado. Sería curioso realizar un estudio sobre las bibliografías ficticias de los escritores, sobre los libros que no se llegaron a escribir a pesar de las ilusiones depositadas en ellos por quienes decían que los estaban escribiendo. Esos libros fantasmas o bien son las trampas que los escritores más arteros ponen para despistar a sus husmeadores o simplemente, la venganza de los hados literarios ante las locuaces veleidades de los escritores más bisoños. Hay que saber guardar el secreto para que las expectativas no se difuminen como la niebla en un sueño. Siempre que me encuentro ante esta pregunta me acuerdo de Max Aub y de su Josep Torres Campalans.
¿La crítica literaria la prefiere con agua, con hielo o a solas?
¿Qué sería la literatura sin la crítica literaria? Tal vez un mausoleo de textos muertos. El guardián de la Biblioteca de Babel es un crítico literario, el buen lector es un crítico literario, el escritor que no sea un mero grafómano es un crítico literario. Los críticos literarios son los ángeles custodios de la literatura. Aunque algún crítico determinado pretenda hundir a un escritor, siempre lo eleva. Sus censuras son elogios, incitaciones contra el olvido.
¿Qué detesta, odia y le cabrea a un mismo tiempo? ¿Y por separado?
Me viene a la memoria una Conseja de Antonio Machado a la que le modifico el último verso: El listado es demasiado largo, y además sí importa, porque el que mira y calla se convierte en cómplice. Una buena parte de este listado de mis cabreos e imprecaciones ha quedado recogido en El reino miserable.
 Recomiende un libro que no haya leído.
Mejor, uno de esos libros cortos que nunca se acaban de leer porque contienen toda una biblioteca: Paseos con Robert Walser de Carl Seeling. Si alguien sigue este consejo tal vez llegue a la conclusión de que la literatura es como un paseo entre la nieve de las montañas, un rastro de pasos contados.
Dígame un par de películas que todo el mundo debería ver.
El gran Dictador de Charles Chaplin y Amanece que no es poco de José Luis Cuerda. Una por sus profundos alegatos y conmovedora ironía, la otra, porque venera a Faulkner y festeja la vida con un humor delirante.
A través de qué película llegó a leer un libro estupendo.
Es cierto que los géneros literarios y las artes interaccionan entre sí, se retroalimentan. Son muchos los ejemplos que podría citar, por ejemplo el surrealismo establece una especial relación entre la literatura y la pintura. Un verso como La tierra es azul como una naranja de Paul Eluard no puede entenderse sin la obra pictórica de René Magritte o, incluso, del propio Salvador Dalí. Lo mismo sucede con el cine y la literatura, de ahí que no resulte extraño que una película sirva de entrada, de preámbulo, de prólogo a la obra literaria de un autor. Me imagino que en muchos espectadores se habrá despertado el interés por la novela de Thomas Mann, Muerte en Venecia, a través de la película de Luchino Visconti; algunos de ellos también se habrán interesado por la obra musical de Gustav Mahler. Algo parecido me sucedió con la película de John Ford, Las uvas de la ira, que provocó en mí un interés inmediato por leer Las uvas de la ira de John Steinbeck. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he de decir que la extraordinaria película de John Ford se ha ido desdibujando en mi memoria, pero que aún recuerdo la gran novela de John Steinbeck vivamente. Cómo se puede olvidar el generoso gesto de Rose of Sharon que, tras perder a su hijo, no duda en entregar su pecho cargado de leche a un hombre enfermo y hambriento en un sórdido granero, intentando salvarle la vida. El cuadro puede parecer melodramático, pero esas páginas alcanzan una hondura humana y una dimensión literaria raramente igualables.
¿Qué suceso de la historia admira más?
La historia es como un palimpsesto, siempre está reinscribiéndose. No hay suceso histórico, por muy generador o perturbador que sea, que no se encuentre inmerso en un cúmulo de sucesos. Mi admiración en este caso es holística, se asemeja a la de Eric Wolf en su Europa y la gente sin historia. También acude en mi ayuda, para expresar esta idea, un verso de Jorge Luis Borges: ¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?
¿Qué red social de internet prefiere?
Siempre que me hablan de redes sociales me acuerdo de mi admirado Bronislaw Malinowski y de sus argonautas de las islas Trobriand, del Kula y de su red de reciprocidades, redistribuciones e intercambios. Qué bueno estar enredado en la trama de nuestras dilucidaciones.
¿A quién le hubiera gustado entrevistar?
Todos los días me entrevisto con quien deseo, la literatura nunca niega una cita, sólo basta con acercarse al anaquel de una biblioteca.
Y por último, ¿cómo se declara usted, culpable o inocente? 
Vuelvo a Bergotte y a su balanza, estando ante la pared amarilla de nuestra conciencia: ¿quién puede declararse inocente? Quizá por ello todo escritor sueña con escribir un fragmento o un verso que lo redima.
 
Ricardo Labra es escritor.

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