De La sombra del ámbar, por Socorro Suárez Lafuente. 9/02/2012

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 La sombra del ámbar 

La sombra del ámbar, séptima novela de María Luisa Prada sigue las líneas narrativas a que nos tiene acostumbradas la autora: siempre hay unos primeros párrafos para despertar nuestra curiosidad, que, en este caso, siguen, además, el estilo de la novela policiaca; de tal forma que la intriga se cuela en la novela por mor del género literario. Les sigue una historia de amor, romántica y truculenta a la vez, que domina la narración y se hace eco de otros amores pasados, y por último, de telón de fondo, hay un paisaje histórico y geográfico del que aprendemos un montón de cosas. En la novela que hoy nos ocupa, el camino de Santiago, la villa de Fonsagrada y la propia ciudad de Compostela son ampliamente glosados, y se repasa su historia y su leyenda.

 
      Como el propio título indica, y la introducción nos recuerda, nos encontramos ante un episodio envuelto en el pasado, enrocado por la pátina del tiempo, como los insectos y moluscos atrapados en el ámbar, pero, para hacerlo aún más difícil, en la novela no percibimos las formas con nitidez, sino que sólo intuimos su sombra. Dadas estas circunstancias, se necesita una “heroína” aquejada de curiosidad y de capacidad actancial, que pueda poner en marcha lo que el filósofo francés Michel Foucault denomina la “arqueología del conocimiento”: una mirada demorada e intencionada que pueda apreciar lo que sólo unas pocas personas intuyen, bajo las capas de historia y de acontecimientos, y que tenga voluntad de definir esa intuición paso a paso y con paciencia infinita, como se hace en arqueología. Ese personaje lo encontramos en Vicky Andrade, quien, al enamorarse de Mario, pintor de cuadros, reúne en su mano, inadvertidamente, todas las guías de la trama, que luego ha de manejar con inteligencia para pasárselas, casi desentrañadas, al comisario Chaves.
 
     Es momento de advertir, que, incluso quienes leemos con cuidado y con mimo literario, podemos pasar por alto un hecho fundamental: que la matriz de la novela, la persona, en este caso, sobre la que descansa toda la estructura, y la que origina toda la trama, es una pintora recluida en el manicomio, la que aparece en la portada y en la contraportada de la novela, a quien tan magistralmente dibujó, a su vez, Valentín del Fresno. Éste y María Luisa Prada forman una formidable pareja artística: él porque nos proporciona la imagen, ella porque aporta las mil palabras necesarias, ambos en igualdad de condiciones, cada uno en su medio de expresión.
 
      Esta pintora, que unas veces se hace llamar Elisa y otras Pilar, es gemela de una mujer muerta ¿muerta? Eso es parte del misterio. Pero que aparezcan personajes gemelos ya es un índice de motivación literaria: el doble, el Doppelgänger, siempre ha dado mucho juego en la historia de la literatura, desde Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, novela del escocés James Hogg, publicada en 1824, hasta la más conocida El extraño caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde de Robert Louis Stevenson, también escocés, en 1866, pasando por la obra del alemán  E.T.A. Hoffmann en la primera parte del siglo XIX. Las gemelas de María Luisa Prada son mujeres en positivo, pero nos queda la duda de que una de ellas sea la parte más perversa del par y siga la tradición literaria. Esa es otra de las incógnitas de la novela. Lo que demuestra que el “doble” sigue siendo útil como instrumento literario.
 
      En La sombra del ámbar la autora juega con otro método de gran efectividad: la postposición, como en el siguiente ejemplo: “Lo que no podía imaginar en aquel momento era que su propósito no llegaría a cumplirse […]. Para que eso ocurriera, había que esperar” (p. 232). Así pues, los misterios se acumulan, porque siempre sucede algo que impide su resolución en el último momento. Con lo cual se acumulan las posibilidades hasta un punto que el proceso mismo de la escritura de la historia intriga a quien la leemos ¿cómo va a resolver la autora tantos cabos sueltos?
 
       Esta es la pregunta que persigue, en último término, el comisario de policía: ¿qué versión es la “verdadera”, si tal término existe, y si tal versión existe? ¿quién nos ofrece más garantías de veracidad? ¿Arturo? el marido ¿de quién? ¿Pilar? ¿Elisa? ¿existen estos personajes en la novela misma? Y, claro, no escuchamos sólo lo que opinan los personajes “al natural”, existen también cintas magnetofónicas, testimonios escritos, documentos policiales, cuadros, repetitivos de un mismo lugar, y, lo que es más contundente para la gente: una tumba triple.
 
 Otra de las virtudes de la obra es que quienes leemos nos identificamos plenamente con el comisario Chaves y vamos desentrañando el misterio de su mano. Pero, hablando de eso, de misterios, y de detecciones, no seré yo quien desvele el final para no hurtarles el placer de la lectura. Advertirles, eso sí, de que es una obra para lectores atentos, lo que, al fin y al cabo, constituye el placer de quienes leemos novela policiaca.
 
      En La sombra del ámbar hay, también, como siempre en la obra de Prada,  referencias directas e indirectas a otras obras de literatura. La referencia a Rosalía de Castro es explícita, como lo es la de la canción “Negra sombra” de Luz Casal, y la de la novela La casa de la Troya (1915) de Pérez Lugín, convertida años más tarde (1959) en una famosa película del mismo título del director Rafael Gil. Pero, en el devenir de la historia, no sólo están los dobles clásicos europeos sino la Sra. Havisham de Grandes esperanzas (1860) de Dickens, encapsulada, ahora, como pintora, en la habitación del manicomio de Conxo, al igual que otras mujeres moradoras del mismo edificio. De esto es un buen ejemplo la siguiente cita:
 
una mujer de noventa años, ataviada con una ropa
diseñada hacía muchos más -falda y blusa de raso, zapatos de charol, guantes blancos y un abanico de encaje-”, cuya casa familiar “espléndida en los años cincuenta, se había convertido en un lugar triste, sórdido, cerrado herméticamente, iluminado únicamente por la luz de un televisor que siempre permanecía encendido y que servía de lámpara, con numerosas revistas del corazón [de aquel tiempo] esparcidas por el suelo (p. 82).
 
No se si María Luisa Prada quiso hacer un guiño a Dickens o si se trata de un saludo postmoderno de la propia intertextualidad literaria, aquella que propicia el diálogo entre textos sin que medie la voluntad; si bien, si es voluntad de quien escribe, también es perfectamente lícita la intertextualidad. Lo cierto es que el efecto de un pasado anclado en el presente está claramente inscrito en el texto de La sombra del ámbar.
 
         Aunque he comenzado mis notas buscando los puntos comunes de las novelas de Prada, no nos llamemos a engaño, aún teniendo una estructura similar todas ellas son muy diferentes, porque diferentes son sus tramas, sus personajes y los lugares en que se desarrollan ambos. La autora sabe captar muy bien el “ambiente” de cada espacio y hacer buena la sentencia de que la geografía construye nuestro carácter.
 
         Con lo que podemos concluir que, con 7 novelas publicadas, María Luisa Prada está consolidada como escritora y presenta ya características comunes y diversas que hacen de su obra un campo para la crítica, pero, y sobre todo, constituyen un placer para el público lector.
 
M.Socorro Suárez Lafuente es profesora de la Universidad de Oviedo.

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