Esas ficciones (y 5), por José Ángel Ordiz, 30/05/2010

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           —¿Por dónde íbamos? 

           —De paseo por las ficciones —realidades— de la literatura, del cine, de tu vida.
 
           Las tres dimensiones del teatro… Los Cuatro corazones con freno y marcha atrás, los Doce hombres sin piedad… El almendro bajo el cual reposa Eloísa, los emigrados que intentan colgarse para emigrar definitivamente, la señorita que no es agraciada y es de Trevélez, el responsable de la muerte de todos sus hijos… Mucho tendrán que esforzarse los Avatar del futuro (Si existe para entonces, Ya lo sabemos, Woody, calla un poco).
 
          Mencionemos también las ficciones poéticas, acaso las más reales de todas. Sostiene Muñoz Molina, en uno de sus artículos pretéritos, que es infrecuente hallar poesía en los libros de poesía. Es infrecuente pero posible (recordemos, por ejemplo, a los actuales Juan Manuel Uría o Javier Lasheras: miles de tajos o de caricias en cada verso, en esa palabra afilada como un bisturí o muelle como un beso después de la pasión, cuando la ternura desplaza a la urgencia). Resulta, entonces, al hallar poesía en los libros de poesía, que también leo como si estuviera viendo una película o asomado a un balcón abierto al proscenio en el que actúa la humanidad (tal es, repito, el arraigo en mi persona de la cultura audiovisual). Lo malo de esos poemas bellísimos es que, generalmente, han dolido, duelen y dolerán más cuanto más hermosos son. El Dios de los creyentes sería mejor Dios si leyera verdadera poesía.
 
            —Quizá no sepa ni leer.
 
            Miro a House. Nuestra complicidad se manifiesta al chocar uno de mis bastones con el suyo. Casi nos la pegamos los dos, sin apoyo metálico durante el segundo de celebración, pero eso es otra historia, no nos dispersemos.
 
            —Corre, José Ángel, que ahí llega Hannibal el caníbal, el Lecter.
 
            —Sálvate tú, House, que yo ya no estoy para esos trotes. ¿Sabíais que también se han adaptado poemas al cine?
 
            —Y canciones.
 
(Eructa Hannibal, creo que ya ha comido, que ya no le atraen mis riñones ni mi masa encefálica, que acude en plan culto únicamente; menos mal, porque el cabroncete de House aquí me ha dejado solo; cómo corre, allá va, el médico drogadicto de los cojones, directo para New Jersey, donde lo espera la vicodina u oxicodona)
 
            —Y cuadros. Y esculturas…
 
(Lecter mira a Woody Allen, suelta otro regüeldo, asiente, pasa las yemas de los dedos por el rostro metálico y sucio del cineasta que también toca el clarinete porque hay gente que vale para todo y gente que no vale para nada, sabido es)
 
            —¿Almodóvar o Amenábar?
 
            Fija Lecter sus ojos en mí. No debo contrariarlo con un prolongado silencio de los míos, silencios de inexperto.
 
            —¿Puedo elegir entre Los santos inocentes o El bosque animado? Es que esas películas se basan en sendos relatos de narradores españoles, y me atraen ciertos novelistas españoles. (Uf, sí, puede ser, menos mal)
 
            —¿Por qué me temes, Clarice, José Ángel? Sólo deben temerme mis enemigos.
            —Yo…
 
            —Qué infantil eres. Temer a una ficción…
 
             Ficciones, evidentemente; cartón piedra, maquillajes, efectos especiales aun cuando llueve o no llueve, sentimientos interpretados… Como nuestras vidas; cartón piedra, maquillados, efectos especiales ese hombre y esa mujer, las cicatrices bajo las ropas o bajo la piel, el sentir pleno también bajo las vestiduras o en el corazón del cerebro o en el cerebro del corazón…
             Sea como sea, mis ojos ven realidades que el corazón no siente como ficciones y el cerebro acepta como se complace o sufre en los sueños de las cotidianas muertes menores, también llamadas reposo no eterno.
 
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nbsp;     Por razones que no vienen a cuento –lo importante, recordad, es no aburrir—, me pregunto a veces: ¿Qué podría hacer yo por los demás homínidos? Por quienes sufren, por quienes pasan hambre, por quienes viven y mueren sin que nadie, salvo ellos, se entere; por los figurantes de la ficción llamada existencia. Alguien –Woody, House, Hannibal— me contesta: No estorbar.
 
             Y es entonces cuando, presto, acude a mi mente o a mi corazón, desde algún lugar de la Mancha, el ingenioso hidalgo Don Quijote y, mientras él espanta a los fantasmas que lo son y no lo saben, el fiel Sancho Panza abre los brazos ante mí, me sonríe y, benévolo, corrige la respuesta de los que ya huyen en cobarde desbandada: Entretener, que a falta de pan buenas son tortas.

 

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