Bello atardecer (de mayo). Por Rafael Suárez Plácido (28/05/2009).

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Hace unos días escribía sobre el azar y sobre cómo aparece, y les contaba que había leído una novela de Haruki Murakami cuyo protagonista se llamaba Watanabe. En mayo siguen creciendo lilas junto a mi ventana y me encuentro, por azar, con la triste noticia de la muerte de José Watanabe, el gran poeta peruano. Me acerqué a sus libros por prescripción de mi amigo Rafael Adolfo Téllez, quien editó, en la Colección Azul de la editorial Renacimiento, Elogio del Refrenamiento. “Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje / pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido / y sólo vuelve con obsesiva precisión / a aquel bello y extremo problema de texturas: / el muslo / contra la roca.”

Recuerdo que yo también pensé en texturas, en tu muslo contra el mío. Su vida fue una vida cargada de muertes prematuras que formaron un poso que, en lugar de agriar su carácter, lo hizo adicto a la belleza, al amor. En los últimos años se publicaron en España (editorial Pretextos) sus dos últimos poemarios con bastante éxito. Él ya sabía de su muerte en el último de ellos, Banderas detrás de la niebla, y, quizá por ello, llegó a fundirla con la vida en el breve poema Orgasmo, “¿Me dejará la muerte / gritar / como ahora?”

Las lilas siguen creciendo junto a mi ventana. Y pienso que es momento de empezar a trabajar el huerto. Quizá sea tarde, pero aquí en la sierra todo ocurre más lento y por eso aún es posible que me pregunten qué quiero ser cuando sea mayor. Siempre he pensado en mi padre, para estar junto a mi madre. Últimamente se me viene a la cabeza un nombre: Florentino Ariza. ¿Lo recuerdan? El protagonista de El amor en los tiempos del cólera. ¿Conocen la historia? Florentino Ariza ama a Fermina Daza. Ambos son muy jóvenes y se aman pero la familia de ella no permite la unión. Ella se casa con el doctor Juvenal Urbino y son felices. Sesenta años después el doctor muere y en su propio funeral aparece un ya casi olvidado Florentino Ariza a darle el pésame a la viuda y ponerse a su disposición. Había pasado todos esos años amándola en secreto. ¿Les interesa saber cómo acaba? Léanla. Es una de las historias más hermosas que conozco. Y además está el milagro de la prosa de García Márquez, ya desde el inicio, “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.” Una amiga muy querida a quien también le encanta Agatha Christie me recuerda que el olor de las almendras amargas es el olor del cianuro. Y las lilas siguen creciendo en mayo junto a mi ventana, que da al monte San Ginés. Yo de mayor quiero ser Florentino Ariza y ya voy perfilando el color de los ojos de Fermina Daza: negros y con rasgos orientales. Estos días he disfrutado de una película del gran Wong Kar-wai, La mano, incluida en el tríptico Eros. La historia de un sastre que ama a una clienta, a la que da cuerpo y alma Gong Li, cosiéndole sus trajes, tomándole medidas, haciéndole pruebas… a lo largo de más de veinte años. La sensualidad, la belleza de las películas del director de Hong-Kong ofrecen también el lado más oscuro, el de la muerte. De nuevo Eros y Thanatos, las dos caras de la misma moneda.

Estos días escucho las rimas de un músico muy joven de Aracena, Danhi Einai. Sus letras muestran, como dice el título de su primera maqueta, rabia contenida. Sí, pero también deseo de aprender y mejorar, “hay que aprender a ver antes que criticar”. Me recuerda a alguien que escribía cosas parecidas hace casi veinte años, o quizá no hace tanto, “Camino del castillo / para ver otro bello atardecer en Aracena, / no dejo de pensar / en todo aquello que me da pena / y que no puedo hacer “ná pa” remediar.” Quizá todavía me quede mucho tiempo para hacerme mayor. Quizá sus ojos negros, el lugar donde quiero vivir. Quizás el amor, las texturas o la muerte.

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