Geografías. El oficio de contar. Por Hilario J. Rodríguez. 06/04/2009

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Vivo o muerto

Cuentos del Spaghetti-Western,

Tropo Editores, Zaragoza, 2008.

Todo depende de cómo nos tomemos las cosas. En la literatura, por ejemplo, podemos buscar o creer que ya hemos encontrado. Si somos de los primeros, quizás los libros colectivos de relatos nos interesen; y si somos de los segundos, seguramente nos fiaremos de alguna antología canónica (con autores indiscutibles) y poco más. Yo soy de los que se divierten con la inventiva y el trabajo, incluso con lo imprevisto, de forma que suelo echar un vistazo a proyectos como Vivo o muerto porque en ellos, quienes de verdad se toman las cosas en serio, suelen reinventarse en lugar de aplicar la plantilla de costumbre. Me gustan los escritores cuando se convierten en exiliados de sí mismos, para poder penetrar en una cultura distinta de la suya y, por consiguiente, con otro lenguaje. Y el spaghetti western me parece que era un territorio desconocido (u olvidado) para algunos de los autores de este libro. Por eso la mayoría de los cuentos resultan misteriosos y fantásticos aun cuando estén narrados en términos realistas. Ni siquiera los autores más conocidos (Carlos Castán, Manuel Vilas, Francisco Casavella, José María Latorre y Felipe Benítez Reyes) suenan con la misma música de siempre aunque no renuncien a las voces y recursos que suelen utilizar en otros proyectos más personales. Algo los delata. Da la sensación de que se hubiesen convertido en aquel personaje de la película Zelig, capaz de adoptar la forma de aquellos con quienes se encontraba.

Detrás de un proyecto así, claro, se necesita a un mago o a un loco. Un negociador, un instigador o un coordinador. En este caso el papel recayó en Óscar Sipán, un escritor febril al que le gusta experimentar, hacer pruebas, combinaciones. También arriesga. Eso es lo que lo hace tan esencial e imprevisible como generoso. De lo contrario, ni Patricia Esteban Erlés, ni Mario de la Torre, ni Norberto Luis Romero, habrían tenido cabida en las páginas de este libro. Poca gente habría confiado en ellos sin el debido currículum. Sin embargo, sus relatos no desentonan, están a la altura del conjunto, en el que habrá quienes establezcan rangos y preferencias, incapaces de valorar Vivo o muerto globalmente como un pastiche basado en un género cinematográfico que era a su vez un pastiche. Sin más. Hay quienes entienden la literatura como un combate de boxeo en el que es preciso tumbar al contrario; puede que yo mismo la entendiese de ese modo en algún momento de mi vida, ahora procuro no olvidar aquella frase de Mike Tyson: «Uno tiene un plan hasta que recibe el primer golpe». Con lo anterior quiero decir que sigo viendo combates de boxeo, ya no lo practico.

Volviendo al principio, ¿qué hemos de juzgar, pues, en un libro colectivo: el conjunto o sus partes? Yo opto por lo primero, lo segundo —además— es una cantinela que he leído muchas —demasiadas— veces. Arthur Schnitzler afirmaba que «eso de la genialidad está muy bien, pero el oficio tampoco es mala cosa». En este caso, estoy de acuerdo porque libros como éste, de varios autores, me parecen experimentos, ejercicios expansivos, intersecciones para ver adónde puede llegar un oficio tan solitario como la literatura cuando se practica entre varias personas al mismo tiempo. Únicamente de esa manera puede la literatura imitar al cine.

 

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