De riojas, riberas y otras denominaciones de origen, por Javier García Cellino. 6/01/2011

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De riojas, riberas y otras
denominaciones de origen
   
    Confieso mi predilección por los vinos tintos. Y, de entre estos, me inclino por los vinos redondos y completos, de colores rojos y vivos y con claros matices de madurez, lo que me lleva a frecuentar las riberas del Duero, de alta intensidad y de una acidez justa y característica.
    Sin embargo, ninguno de mis amigos y colegas —con los que suelo amenizar las tardes en alguna vinoteca de las que, afortunadamente, comienzan a proliferar en La Felguera (y les aseguro, por cierto, que en casi todas existe una creciente inclinación al mestizaje)— me habrá oído hacer comentarios despectivos hacia otras clases de vinos. Es bueno que existan los taninos dulces del rioja o los afrutados del alto Aragón, del mismo modo que enriquecen la industria enológica los toques morados del Bierzo o el mosto oloroso de los caldos del Sur.
    Nada hay de malo, pues, en que cada cual encienda las pupilas con el zumo que prefiera, siempre que ello no signifique exaltar los corazones con el monopolio de la afrenta hacia los demás, una guerra de tambores que, en el mundo de la poesía, cada día suena más alta y discordante.
    A lo que parece, vista la algazara que no cesa entre unos y otros ardientes cosecheros de rimas, hemos acabado dándole la razón a San Agustín: “La poesía es el vino del diablo”, y todo apunta a que, de continuar así, acabaremos confundiendo el relámpago con el trueno, o lo que es lo mismo, dedicándonos a encender polémicas, sin ninguna esperanza de que resulten provechosas para el paladar. Un modo poco original, por cierto, de sumirnos entre las llamas de la idiotez humana.
    Nada tengo contra quienes se deleitan con una lírica marginal, a veces próxima en su acidez al realismo sucio o al hiperrealismo, ni tampoco contra los que prefieren aclararse el buche con un caldo urbano y ligero, lleno de ironía y de humor, mientras reflexionan sobre su lugar en el mundo. Y del mismo modo, simpatizo con aquellos que se muestran partidarios de los colores puristas o de las botellas que exhiben en su parte delantera la etiqueta del compromiso civil. 
    Me resultan igual de gratos, siempre que sepan distinguir entre beber y catar, los poetas de la experiencia o los de la diferencia, los del silencio o los de las agudas declamaciones venecianas, los que se mueven por las arterias de la ciudad frente a los que sólo transitan por las cañerías de su interior. La ubicación del viñedo, el clima o la variedad del suelo pueden ser distintos en cada caso, sin que ello signifique, necesariamente, una merma en la calidad del vino. Al igual que en una cata se juzga y se clasifica, la poesía, entendida también como un arte gustativo, necesita, sobre todo, un buen olfato y una sensibilidad exquisita, que lo mismo puede proceder de un buqué medieval como de la fragancia de las metrópolis industrializadas y modernas. En cuanto a los destellos y a la calidad de los versos, quedan a la sazón de cada cual, si bien una desprejuiciada experiencia lectora ayuda mucho a la hora de encontrar los mejores aromas.
    Así pues, dejemos a un lado tantas defensas a ultranza y a deshora, y esforcémonos por compartir una cooperativa común en la que tengan cabida tanto los vinos abonados en suelos arcillosos o calizos como los que proceden de terrenos de hierro o de otras sílices. A condición, claro está, de que se incorporen en las mejores condiciones de sabor.   
     Imagino el rictus triunfalista de Cervantes, en el más que hipotético supuesto de que pudiera leer estas líneas, pues no en balde es suya la frase que atribuye a los poetas un desmedido orgullo personal. “No hay poeta que no sea arrogante, y piense de sí que es el mayor poeta del mundo”. Pero, al igual que el mundo no es siempre —y afortunadamente— una sucesión de estampas repetidas, tampoco las palabras, aun dichas por uno de sus mejores maestros, están destinadas a cumplirse proféticamente.
    De nosotros depende que no sea así. Feliz y variada cosecha 2011 para todos.
 
 
     Javier García Cellino es narrador y poeta. Su novela Círculos de tiza obtuvo el VI Premio de Novela Corta convocado por la editorial Septem. Su firma es habitual en el diario La Nueva España.

 

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