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Una entrevista ligera a José María Merino, por J. Havel y J. Lasheras. 11/07/2012

 Una entrevista ligera a José María Merino

»«Contra la estupidez, los propios dioses
se ven impotentes». Lo dijo Horacio.

 Por José Havel y Javier Lasheras

 

 

¿Qué valora más en un viaje?

El descubrimiento de algo inesperado.

¿Qué es lo que más le gusta hacer a las 8 de la tarde?

Depende de la época y del lugar. No tengo rutinas, salvo la hora de escribir.

¿Cuál es el riesgo principal de viajar con usted?

Mi curiosidad inagotable. Solamente mi mujer lo aguanta, porque en eso ella es igual que yo.

¿Qué valora más para elegir un acompañante?

El buen humor, la llaneza, la inteligencia.

¿Cuál es ese lugar al que siempre le gustaría volver y por qué?

Como ciudad, tal vez Estambul; como naturaleza, la montaña occidental leonesa. Son inagotables.

¿Cuál es su principal defecto?

Entro al trapo con demasiada facilidad. La prueba, esta entrevista, mismamente.

¿Y su principal cualidad?

Acaso que soy persona conciliadora.

¿Qué libros lee cuando viaja?

Los que son manejables y se transportan fácilmente: por lo tanto, jamás un best seller.

¿Y qué está leyendo ahora?

Un estupendo ensayo de José Carlos Mainer sobre Pío Baroja, y un magnífico libro de cuentos de horror de una joven escritora rusa, Anna Starobinets, titulado Una edad difícil. Horror de verdad.

¿Es usted de los que leen con lápiz y papel a mano?

Si tengo que hacer un trabajo sobre ello, sí; si no, jamás.

¿Cuál sería su mayor desdicha?

Estar vivo cuando el Homo sapiens demuestre que deriva claramente hacia el Homo insciens.

¿Qué obra publicada le hubiese gustado firmar?

 Muchos… Citaré solo dos: «La montaña mágica», de Thomas Mann y  «La isla del tesoro», de R.L. Stevenson.

¿Dónde le gustaría vivir?

En alguna isla remota del Pacífico, acaso la de Robinson…

¿Cuál es su bebida favorita?

Ribera, Mencía, Rioja, tintos, y Verdejo, blanco. Y whisky, algo curado, pero no mucho, malta o blended, please.

Dígame un par de grandes novelas que se le atragantaron o nunca pudo terminar de leer.

Si de verdad son grandes, es decir, buenas de verdad, no hay novela que no haya terminado, por tocho que fuese.

¿Cuál es su ciudad preferida?

Me encantaron Ratisbona, y Chicago, y Estocolmo, pero decir preferida, preferida…

¿Quiénes son sus escritores favoritos?

Escritor y narradora. Escritor, Miguel de Cervantes, que si viviese ahora y hubiese un premio como el Cervantes no se lo darían a él; y narradora, Sherezade, porque si aburría al oyente le cortaban la cabeza.

¿Cuáles son sus palabras predilectas o su frase favorita?

«Contra la estupidez, los propios dioses se ven impotentes». Lo dijo Horacio.

¿Qué música suele escuchar?

Solía escuchar la clásica del XVIII y del XIX , y me gustaban mucho la ópera y los  tangos. Ahora sólo escucho música cuando voy a algún concierto, de vez en cuando. No puedo escribir y escuchar música a la vez, y con la edad el tiempo se me ha reducido demasiado.

¿Con que personajes históricos y personajes ficticios le gustaría pasar una velada?

Históricos, con Álvar Núñez Cabeza de Vaca, por ejemplo, aventurero incansable; ficticios, son demasiados para reducirlos a uno solo: ¿pongamos como muestra El conde de Montecristo, rencoroso incansable?

¿Por cuánto sale, más o menos, una ración de 100 gramos de jamón ibérico puro de bellota, una copa de vino, un libro de poemas y una onza de chocolate?

 No suelo salir a picotear y apenas como chocolate, pero por 10 euros se puede comprar Curación, el último libro de poemas de mi hija Ana…

Recomiende un par de obras de arte.

El altar de Pérgamo, en Berlín, y Las meninas, en Madrid.

¿En la escritura de qué se halla usted ahora inmerso?

En lo que estaré pronto inmerso es en el Mediterráneo, y además buceando a pulmón, pues me gusta mucho. Acabo de salir de las procelosas aguas de mi última novela, El río del Edén, que aparecerá en noviembre.

¿La crítica literaria la prefiere con agua, con hielo o a solas?

La prefiera como la prefiera, para bien o para mal, es la única voz lectora «objetivada» que me llega. Insoslayable.

¿Qué detesta, odia y le cabrea a un mismo tiempo? ¿Y por separado?

Detesto, odio y me cabrea la prepotencia. Por separado, detesto la petulancia, odio el sectarismo y me cabrea la ignorancia presuntuosa.

Recomiéndenos un libro que aún no haya leído.

Eso no lo haré jamás, porque nunca actúo de oídas.

Díganos un par de películas que todo el mundo debería ver.

Centauros del desierto, de John Ford —sería el Quijote— y la trilogía de La guerra de las galaxias,
de Lucas —serían el Amadís de Gaula—.

¿A través de qué película llegó a leer un libro estupendo?

Aunque pueda parecer raro, siempre he ido del libro a la película… lo que me ha deparado demasiados desencantos.

¿Qué suceso de la historia admira más?

Después de la excursión de Alejandro, acaso la Revolución Francesa, de la que nos queda lo mejor que tenemos…

¿Qué red social de internet prefiere?

Soy agnóstico en materia de Internet. Lo uso para mi correo y consulta en Google. A mi edad ya no tengo tiempo para enREDarme.

¿A quién le hubiese gustado entrevistar?

 A los primeros seres humanos que, a ciegas, consiguieron atravesar el Pacífico y poblar aquellas islas perdidas.

 Y por último, ¿cómo se declara usted, culpable o inocente?

Espero que la causa sea sobreseída…

 

José María Merino es escritor. Ha ganado el Premio Nacional de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura Infantil y el Salambó, entre otros.

Una entrevista ligera a Javier Rodríguez Marcos, por J. Havel y J. Lasheras. 10/07/2012

Una entrevista ligera a Javier Rodríguez Marcos
 
 
»¿Frase? «Más vale un diente que un diamante».
Es un refrán que sale en El Quijote.
 
Por José Havel y Javier Lasheras
 
 
¿Qué valora más en un viaje?
 
Que termine en Roma.
 
¿Qué es lo que más le gusta hacer a las 8 de la tarde?
 
Comerme una manzana roja. Mis compañeros de trabajo la llamaban «la manzana de las ocho».
 
¿Cuál es el riesgo principal de viajar con usted?
 
Que dudo de todo y en todas partes, cruces y desvíos incluidos. Y donde dice viajar vale decir vivir.
 
¿Qué valora más para elegir un acompañante?
 
Que vea al vaso medio lleno. Y que no tenga miedo. El miedo ya lo pongo yo.
 
 
¿Cuál es ese lugar al que siempre le gustaría volver y por qué?
 
A Roma, porque me pone de buen humor.
 
¿Cuál es su principal defecto?
 
Que me cuesta reconocer mis defectos.
 
¿Y su principal cualidad?
Que no doy demasiada importancia a los defectos de los demás.
 
¿Qué libros lee cuando viaja?
 
Alguno relacionado con el destino, aunque no sea actual. Por ejemplo: Venecias, de Paul Morand, en Venecia; El río sin orillas, de Saer, en Argentina. Danubio, de Magris, en Viena. Argentinismos, de Martín Caparrós, camino de Mar del Plata.
 
¿Y qué está leyendo ahora?
 
Sendino se muere, de Pablo D’Ors. Un libro que es un reto para un no creyente como yo.
 
¿Es usted de los que leen con lápiz y papel a mano?
 
Sí, hasta el periódico lo leo así.
 
¿Cuál sería su mayor desdicha?
 
Que les pasara algo a mis hijos.
 
¿Qué obra publicada le hubiese gustado firmar?
 
El primer hombre, de Albert Camus. De hecho, no pierdo la esperanza de escribirlo algún día.
 
¿Dónde le gustaría vivir?
 
¿He hablado ya de Roma?
 
¿Cuál es su bebida favorita?
El agua, de lejos. Alcohólica, las mezclas con ginebra (Dry Martini, gin tonic…).
 
Dígame un par de grandes novelas que se le atragantaron o nunca pudo terminar de leer.
 
Por educación familiar, acostumbro a terminar toda la comida que me ponen en el plato. Sirve para los libros y para las películas. Cosas del judeocristianismo culpable y, como decía, de ver el vaso medio lleno. Sudé tinta con La muerte de Virgilio pero mereció la pena. No creo que sea uno de los grandes pero como algunos creen que sí, diría que se me atraganta Philip Roth. Mejor dicho, el ombligo de Philip Roth.
 
¿Cuál es su ciudad preferida?
 
Vuelva a la casilla número 13.
 
¿Quiénes son sus escritores favoritos?
 
Cada semestre añado alguno, pero digamos: Albert Camus, Hannah Arendt, Fray Luis de León, Cervantes, Antonio Machado, Luis Cernuda, Wislawa Szymborska, Cesare Pavese, Juan Antonio González Iglesias, Joan Vinyoli, John Berger, Claudio Magris, Christopher Hitchens, Imre Kertész, Rafael Chirbes, José Emilio Burucúa…
 
¿Cuáles son sus palabras predilectas o su frase favorita?
 
No tengo palabras predilectas, ni colores, ni número favoritos, pero me gusta la palabra «aunque». ¿Frase? «Más vale un diente que un diamante». Es un refrán que sale en el Quijote.
 
¿Qué música suele escuchar?
 
De todo, sean Bach, Corelli, Schubert, Satie, los Clash, los Smiths, Tom Waits, los Magnetics Fields, Astrud o Sr. Chinarro. Y me gusta escuchar a mis hijos practicando con la trompeta y el oboe.
 
¿Con que personajes históricos y personajes ficticios le gustaría pasar una velada? Históricos: Glenn Gould, Hannah Arendt, Marie Curie, Francis Crick. Ficticio: Jesucristo al tercer día.
 
¿Por cuánto sale, más o menos, una ración de 100 gramos de jamón ibérico puro de bellota, una copa de vino, un libro de poemas y una onza de chocolate?
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Un  libro de poemas como Del lado del amor vale 15 euros. Debería ser el patrón para el resto.
 
Recomiende un par de obras de arte.
 
Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén, de Rembrandt. La Madonna del parto, de Piero della Francesca. Un vaso de agua y una rosa, de Zurbarán. Los frescos de Masaccio en el Carmine. Rock my religion, de Dan Graham
 
¿En la escritura de qué se halla usted ahora inmerso?
 
Tratando de poner orden por enésima vez en un libro de poemas. Tomando notas para el blog y para reportajes. Cuando trabajas en un periódico vives inmerso en la escritura. La palabra ahora caduca cada tarde.
 
¿La crítica literaria la prefiere con agua, con hielo o a solas?
 
Me suena eso de la crítica literaria. Era un género literario del siglo XX ¿no?
 
¿Qué detesta, odia y le cabrea a un mismo tiempo? ¿Y por separado?
 
La vanidad de los escritores, pero más que cabrearme me hace gracia porque suele venir vestida de (falsa) modestia. O mejor: los vanidosos que escriben contra la vanidad.
 
Recomiéndenos un libro que aún no haya leído.
 
Mejor uno que sí he leído, para asegurar: Canción de tumba, de Julián Herbert, en Mondadori. Bueno, seré obediente: el segundo volumen de lecturas no obligatorias (en Alfabia), de Symborska. Leí el primero y es estupendo.
 
Díganos un par de películas que todo el mundo debería ver.
 
Ladrón de bicicletas e Inside Job. Y De niños, de Joaquín Jordá.
 
¿A través de qué película llegó a leer un libro estupendo?
 
El lado oscuro del corazón me llevó a Oliverio Girondo, al que había leído poco y mal.
 
¿Qué suceso de la historia admira más?
 
El Big Bang. ¿Más cerca? La abolición de la esclavitud.
 
¿Qué red social de internet prefiere?
 
Twitter, como lectura. Soy creyente pero no practicante. No paso de Eskup.
 
¿A quién le hubiese gustado entrevistar?
 
A Jesucristo al tercer día.
 
Y por último, ¿cómo se declara usted, culpable o inocente?
 
Como fui monaguillo, culpable.
 
Javier Rodríguez Marcos estudió filología, trabaja como periodista y es miope. Pero sigue leyendo. Forma parte del área de cultura del diario EL PAÍS y ha publicado media docena de libros, alguno incluso de poesía. 
 
Foto: Daniel Mordzinski.

Una entrevista ligera a Luis Alberto de Cuenca, por J. Havel y J. Lasheras. 9/07/2012

 Una entrevista ligera a Luis Alberto de Cuenca

Por José Havel y Javier Lasheras

»Detesto la political correctness, no odio a nadie y me cabrea
que no pongan el torneo de Wimblendon en abierto
 
 
 
 
 
¿Qué valora más en un viaje?
 
El momento feliz de volver a casa.
 
¿Qué es lo que más le gusta hacer a las 8 de la
 
tarde?
 
Merendar tardíamente o cenar temprano. Picar
 
algo, en cualquier caso.
 
 
 
¿Cuál es el riesgo principal de viajar con usted?
 
La exhaustividad que me impongo en conocerlo todo.
 
¿Qué valora más para elegir un acompañante?
 
Que le guste visitar museos, monumentos y librerías de viejo.
 
¿Cuál es ese lugar al que siempre le gustaría volver y por qué?
 
Florencia. Sobreabunda en todo eso que me gusta visitar.
 
¿Cuál es su principal defecto?
 
Disculpar y sobreseer con descaro mis muchos defectos.
 
¿Y su principal cualidad?
 
Una considerable capacidad de olvido.
 
¿Qué libros lee cuando viaja?
 
Aquellos sobre los que tengo que escribir o decir algo.
 
¿Y qué está leyendo ahora?
 
Escrito con la lengua, de Roger Wolfe.
 
¿Es usted de los que leen con lápiz y papel a mano?
 
¡No, por Dios! Jamás escribo ni subrayo nada en un libro, ni tomo notas sobre lo que leo.
 
¿Cuál sería su mayor desdicha?
 
Un mundo sin libros.
 
¿Qué obra publicada le hubiese gustado firmar?
 
Macbeth, de William Shakespeare.
 
¿Dónde le gustaría vivir?
 
En Madrid, donde nací, donde vivo y donde pienso morirme.
 
¿Cuál es su bebida favorita?
 
El agua mineral sin gas del tiempo.
 
Dígame un par de grandes novelas que se le atragantaron o nunca pudo terminar
 
de leer. 
 
El hombre sin atributos de Musil y En busca del tiempo perdido de Proust.
 
¿Cuál es su ciudad preferida?
 
Florencia.
 
¿Quiénes son sus escritores favoritos?
 
William Shakespeare, Homero, Bram Stoker.
 
¿Cuáles son sus palabras predilectas o su frase favorita?
 
«Life is a tale told by in idiot» (Shakespeare, Macbeth).
 
¿Qué música suele escuchar?
 
Casi no escucho música. Si acaso, a Schütz.
 
¿Con que personajes históricos y personajes ficticios le gustaría pasar una velada?
 
Entre los personajes históricos, con Robespierre. De los de ficción, con Sherlock Holmes. 

¿Por cuánto sale, más o menos, una ración de 100 gramos de jamón ibérico puro de bellota, una copa de vino, un libro de poemas y una onza de chocolate? 

Por menos de 50 euros. El libro de poemas es prescindible.
 
Recomiende un par de obras de arte.
 
El nacimiento de Venus, de Botticelli. La Ophelia, de Millais. 
 
¿En la escritura de qué se halla usted ahora inmerso?
 
En la escritura de un prólogo a La Bella y la Bestia, de Madame Leprince de Beaumont.
 
¿La crítica literaria la prefiere con agua, con hielo o a solas?
 
Leo poca crítica literaria. Me gusta más leer a Shakespeare que un libro sobre Shakespeare.
 
¿Qué detesta, odia y le cabrea a un mismo tiempo? ¿Y por separado?
 
Detesto la political correctness, no odio a nadie y me cabrea que no pongan el torneo de
 
Wimbledon en abierto.
 
Recomiéndenos un libro que aún no haya leído.
 
Danza de dragones, la entrega quinta de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin.
 
Díganos un par de películas que todo el mundo debería ver.
 
Scarface, de Howard Hawks, y Sin City, de Robert Rodriguez, Frank Miller y Quentin
 
Tarantino.
 
¿A través de qué película llegó a leer un libro estupendo?
 
A través de The Swimmer, la película de Frank Perry (con Burt Lancaster) descubrí The
 
Swimmer, de John Cheever, un relato memorable.
 
¿Qué suceso de la historia admira más?
 
Las Cruzadas.
 
¿Qué red social de internet prefiere?
 
Ninguna.
 
¿A quién le hubiese gustado entrevistar?
 
A Oscar Wilde, pero sin decirle yo nada.
 
Y por último, ¿cómo se declara usted, culpable o inocente?
 
Un puer aeternus siempre es inocente.
 
 
Luis Alberto de Cuenca es poeta, traductor y filólogo. Trabaja como profesor investigador en el CSIC. Entre otros muchos galardones cuenta con el Premio de la Crítica de Poesía y el Premio Nacional de Traducción.
 

Una entrevista ligera a Pepe Monteserín, por J. Havel y J. Lasheras. 5/07/2012

  

Una entrevista ligera a Pepe Monteserín.
Por José Havel y Javier Lasheras.
 
»Sólo puedo leer libros míos, jamás uno prestado,
porque los subrayo y acoto y opino al margen.
 
 
¿Qué valora más en un viaje?
Encontrarme con mis mitos.
 
¿Qué es lo que más le gusta hacer a las 8 de la tarde?
Mirar al mar tomando un chato de vino. Si hay una puesta de sol, mejor que mejor.
 
¿Cuál es el riesgo principal de viajar con usted?
Que arriesgo todo por encontrarme con mis mitos.
 
 
¿Qué valora más para elegir un acompañante?
Que adore las mismas cosas que yo. O lo consienta.
 
¿Cuál es ese lugar al que siempre le gustaría volver y por qué?
Al País de Nunca Jamás, para poder volar.
 
¿Cuál es su principal defecto?
La miopía.
 
¿Y su principal cualidad?
La miopía, porque como no veo un pimiento, me obliga a imaginar una vida mejor.
 
¿Qué libros lee cuando viaja?
Los mismos que cuando no; es decir, los que hubiera elegido aunque no viajara.
 
¿Y qué está leyendo ahora?
Rojo y negro, de Stendhal; ¡Tierra, tierra!, de Sándor Márai; el libreto (letra y música) del Magnificat, de Bach; un libro de Matemáticas, de la Secundaria que acabó mi hijo; un libro sobre los repollos, para una novela que estoy escribiendo…
 
¿Es usted de los que leen con lápiz y papel a mano?
Por supuesto. Sólo puedo leer libros míos, jamás uno prestado, porque los subrayo y acoto y opino al margen. Tampoco los presto, porque los acoto y opino al margen.
 
¿Cuál sería su mayor desdicha?
Vivir en vano.
 
¿Qué obra publicada le hubiese gustado firmar?
Peter Pan, de J. M. Barrie; El retrato de una dama, de Henry James; el Lazarillo de Tormes, que no sé de quién es.
 
¿Dónde le gustaría vivir?
En una casita muy pequeña, cerca de una ría donde se aprecien las mareas.
 
¿Cuál es su bebida favorita?
Vino tinto y frío, a la temperatura de los que no entendemos de vino.
 
Dígame un par de grandes novelas que se le atragantaron o nunca pudo terminar de leer.
El hombre que fue jueves, de Chesterton; cualquiera de Pío Baroja, si es que escribió grandes novelas, que creo que no. Perdón.
¿Cuál es su ciudad preferida?
Pravia. Villa y corte. También Oviedo, Gijón o Santander. Jamás Madrid.
 
¿Quiénes son sus escritores favoritos?
Proust, Homero, George Eliot, Henry James, Cervantes, Tolstoi, Dostoievski, Albert Camus, Sándor Márai, por decir uno más reciente…
 
¿Cuáles son sus palabras predilectas o su frase favorita?
«I’ve grand memory for forgetting» («Tengo una gran memoria para olvidar»), no recuerdo de quién es. Y ésta, que es mía: “Gracias a mi mala memoria soy original”.
 
¿Qué música suele escuchar?
Toda la buena. Voy a la ópera de Oviedo, a los conciertos de la OSPA en el Auditorio, escucho a los cantautores de los 70 en el radiocasete de mi coche…
 
¿Con que personajes históricos y personajes ficticios le gustaría pasar una velada?
Con Homero, con Cristo y su Madre, con Alonso Quijano (no con el Quijote) y con su padre, con Hernán Cortés, con Peter Pan y sobre todo con el Capitán Garfio. Tampoco me importaría tener una historia con Campanilla, me pone.
 
¿Por cuánto sale, más o menos, una ración de 100 gramos de jamón ibérico puro de bellota, una copa de vino, un libro de poemas y una onza de chocolate?
Del libro y el vino controlo precios, de lo otro no tengo ni idea.
 
Recomiende un par de obras de arte.
Citaré una escultura-cuadro: Yellow, de Anish Kapoor; y una escultura-escultura: El beso, de Brancusi.
 
¿En la escritura de qué se halla usted ahora inmerso?
En una novela sobre una coral polifónica. Es una novela coral.
 
¿La crítica literaria la prefiere con agua, con hielo o a solas?
Apenas leo crítica literaria. Digamos que no la prefiero.
 
¿Qué detesta, odia y le cabrea a un mismo tiempo? ¿Y por separado?
La pereza, la vagancia, las personas que quieren hacer algo pero no son capaces por culpa de su abulia. Al mismo tiempo, admiro la capacidad de aguantarse sin hacer nada. Aspiro a eso.
 
Recomiéndenos un libro que aún no haya leído.
La novela de Genji (Esplendor y Catástrofe), de Murasaki Shikibu.
 
Díganos un par de películas que todo el mundo debería ver.
Ojos negros, de Nikita Mikhalkov, y Amarcord, de Fellini. Aunque, bien pensado, prefiero que no las vean, así tomo ventaja.
 
¿A través de qué película llegó a leer un libro estupendo?
La muerte en Venecia, de Visconti/Mann. Aunque lo de “estupendo” le queda corto.
 
¿Qué suceso de la historia admira más?
Cuando Peter Pan deja a Wendy en su casa de Kensington y se regresa al País de Nunca Jamás. Sí, “de la historia”, ya lo entendí.
 
¿Qué red social de internet prefiere?
Sólo conozco Facebook y Twitter, y le encuentro pocas ventajas.
 
¿A quién le hubiese gustado entrevistar?
Al Capitán Garfio. Por Peter Pan no pasaba el tiempo, pero al Capitán Garfio lo perseguía el tiempo, como a mí. No sé qué me da más miedo si los relojes o los cocodrilos.
 
Y por último, ¿cómo se declara usted, culpable o inocente?
Absolutamente inocente. Hice lo que pude.
 
Pepe Monteserín es escritor y arquitecto técnico. Colabora diariamente en el periódico La Nueva España.
 

Fidelidad uruguaya, por Gerardo Lombardero. 2/07/2012

Llamate uruguayo
                               
 
El amante uruguayo. Una historia real.
Santiago Roncagliolo.
Alcalá Grup. 2012.
368 páginas.
 
 
En realidad, el libro que me inspira estas líneas se titula El amante Uruguayo (Una historia real). Dicho amante existió en su día y se llamaba Enrique Amorim, había nacido en Salto (Uruguay), hijo de un terrateniente y ganadero poseedor de una importante fortuna, tuvo la suerte de conocer a García Lorca en un viaje a Argentina, con quien compartió conversaciones, poesía y según sus propias afirmaciones algo más. No fue la única persona importante en la literatura con quién departió, pero si creemos sus propias palabras, su amistad dejó una huella tan profunda en él, que nunca pudo olvidar al granadino, llegando incluso a erigir un monumento en su honor en su localidad natal de Salto. El libro, que no se define por ningún género concreto, navega entre la biografía de Amorim y se deja llevar, al menos al leerlo, por el estilo muchas veces más cercano a la novela que a ningún otro.
¿Llegó en su audacia y en su desesperada nostalgia Amorim a robar los restos del poeta fusilado y transportarlos hasta el pie del monumento erigido en su memoria? Ésta es justamente la trama de la obra que como un río de acontecimientos nos transporta por su vida y en la que siempre hay un punto de referencia fijo: Lorca. Una trama que comienza en 1933 cuando Federico llega a Buenos Aires, trae muy poco dinero en el bolsillo —todavía vivía de lo que su familia le proporcionaba— y unas tremendas ganas de triunfar en la capital bonaerense con su obra dramática Bodas de sangre. Parece que aquel poeta todavía joven, llegaba un poco asqueado del trato recibido en Madrid, aunque Romancero gitano ya fuese una obra consolidada. Para empezar la prensa más conservadora española lo apodaba «García Loca», en Madrid se prefería el género chico de risa fácil y evasión tonta a cualquier otro género. Ganar dinero con la representación de la obra de Lorca era por entonces un imposible en España. Pero había un escollo inicial nada desdeñable, Federico fuera de las fronteras hispanas no era nadie. En cambio Lola Membrives, una argentina de origen andaluz, era la reina de las taquillas de entonces. Federico la conocía, la frecuentaba, acudía a su camerino tras las representaciones y por si fuera poco, estaba casada con un productor español bastante influyente. Su primera representación reventó la taquilla y dejó a un Federico satisfecho y con los bolsillos razonablemente llenos.
 
»Aquel poeta todavía joven llegaba
asqueado del trato recibido en Madrid
 
Había alcanzado la fama al otro lado del Atlántico y la racha continuó durante meses. Ahora podía tratarse con Carlos Gardel, cenaba en la mansión de Natalio Botana —un magnate de los medios de comunicación— y acudía a las escandalosas fiestas de Oliverio Girondo, de Norah Lange o a las tertulias de la poetisa Alfonsa Storni que ya era un símbolo de su época. Claro que esta repentina inyección de popularidad no la asimiló muy bien, se tornó soberbio, pedante, engreído e incluso petulante. Tras una conversación con Jorge Luis Borges, que sería el escritor argentino más importante en el XX, éste dijo sin rodeos que Federico era un farsante, o según lo definió él mismo, «un andaluz profesional». Había que alejar a Federico del tráfago bonaerense, así que Uruguay parecía un lugar idóneo, donde podría terminar la inconclusa Yerma que Lola Membrives o Lola Cojones como se la conocía en la época quería representar sin más demora. En Uruguay no escribiría ni una sola palabra, pero entre fiesta y fiesta, celebraciones y algunas conferencias que impartió, conoció a Enrique Amorim con quien trabó estrecha amistad. Amorim era un elegante personaje, de atildada presencia que frecuentaba los círculos más exclusivos del Río de la Plata, que quedó obsesionado desde el primer momento con Lorca y para desesperación de la Membrives no se separaba de él. Contrató una habitación en el mismo hotel que el poeta, organizó banquetes, lo paseaba en su descapotable blanco por las playas de Atlántida y por el carnaval. Llegó a contratar una banda de negros condomberos para animar todas sus fiestas y se volvió compañero inseparable en todos los sentidos que ustedes quieran pensar. No sabía Amorim de la volubilidad de Federico, cuando se separaron algún tiempo después, no lo volvió a ver. Apenas contestaba a sus cartas desesperadas y ya de regreso en España, otros vientos y otras circunstancias cambiarían la vida de ambos pero más, como de todos es sabido, la del poeta de Granada.
 
»Borges dijo que Federico era «un andaluz profesional»
 
El resto del libro, como un río de cauce henchido nos habla de Enrique Amorim, del amante uruguayo que un día conoció a Lorca y lo perdió en la nebulosa de la vida entre lo cómico y lo trágico. Amorim a lo largo de su dilatada vida, escribiría más de cuarenta obras que publicó, algunas dignas de elogio y otras no tanto, según el lector que las enjuicie. Lo que sí es cierto, es que terminó por afiliarse al Partido Comunista en su desesperación por dar el gran salto literario, viajó por Europa incansable y conoció multitud de personajes famosos, siempre claro, gracias a su jugosa fortuna personal. Lorca en el resto de la obra, se pierde en los acontecimientos de la historia que todos conocemos y damos por hecha. Menos que no se sabe dónde descansan sus restos… En cuanto a Enrique Amorim —que odió a Neruda, conoció a Picasso, se casó con Esther Haedo a pesar de conocerse su condición homosexual, pudo haber cenado con Chaplin y Louis Aragon, frecuentó a Nicolás Guillén, Pío Baroja, Stefan Zweig o el mismo Walt Disney entre otros muchos—, ha sido magníficamente plasmado en este volumen que acaba de editarse en España (Alcalá Grupo) de otro autor uruguayo: Santiago Roncagliolo.
 
Gerardo Lombardero es escritor.

                            

      

Dorsal 12, de Raúl Castañón del Río. 25/06/2012.

   

Raúl Castañón del Río
Dorsal 12
Sevilla, Ediciones Alfar, 2012
120 páginas

 
 
En estas páginas no hay un excesivo rigor documental, pero sí mucha afición y pasión: afición por el fútbol y pasión por el Real Oviedo. Más que otra cosa, este libro es recreación literaria con el fútbol –a veces capital, a veces circunstancial– de fondo. Son relatos escritos con sentimiento y divertimiento, que juegan al fútbol-ficción para trenzar recuerdos, historias dentro de la historia, y hasta alguna distopía de corte experimental. Así, pueden verse asomar de nuevo las figuras sobresalientes de Duncan Edwards, Sócrates, Maradona o Zidane, o la plena vigencia de Iniesta y de Messi.
 
Y para el oviedismo se propone un retorno a lugares de referencia como Mallorca o Ávila, a las sonrisas y lágrimas de las fases de ascenso, y al azul destacado de algunos de sus mitos. Momentos y protagonistas especiales repasados en clave literaria desde la evocación personal del autor. Raúl Castañón del Río (Oviedo, 1969) es escritor miembro de la Asociación de Escritores de Asturias, y como oviedista presentó en Radio Sele el programa La Riada Azul.

Karmelo C. Iribarren: “El poema ha de tocar la inteligencia del lector”. Por Lauren García. 24/06/2012.

 La poesía de Karmelo Iribarren se nutre de las cafeterías que envuelven humo tras las cristaleras y de los paseos por la playa de San Sebastián a bocanadas de aire puro. Recientemente se ha publicado Seguro que esta historia te suena. Poesía Completa 1985-2012 (Renacimiento), buena ocasión para acercarse a unos versos que huyen de estereotipos y etiquetas. En medio de los desiertos inmensos de las ciudades Karmelo Iribarren deja su sello como si de un posavasos se tratase.  

—¿Qué tienen la noche y los bares que son un imán para su poesía? 

Mi poesía está muy pegada a la vida, y yo viví durante mucho tiempo de (y la) noche, también por motivos profesionales. De noche tienes el cielo, si no hay nubes, con su deslumbramiento estelar, y los bares, que son como generadores de esperanza, siempre puede pasar algo diferente ahí dentro. Y si no pasa hoy puede pasar mañana, en cuanto suban la persiana. La seducción permanece intacta durante muchos años. Pero ahora soy más diurno, y se nota en mi poesía. La noche y los bares siguen ahí, pero son geografías que yo ya no recorro, porque ahora soy otro, soy uno que observa, que recuerda, sonríe y sigue andando…      

—Su poesía invita al lector a dejar una reflexión… 

Eso sucede porque el lector se siente cómplice de lo que lee, se reconoce en las experiencias que nutren los poemas. En esta poesía tan cercana a lo vivido, al suceso cotidiano, se trata de contar tu vida de manera que el lector crea –o pueda sentir- que le estás contando la suya. De hecho a veces casi es así; todos nos enamoramos, a todos nos dejan, todos nos hacemos viejos, etc. y si cuentas esto de manera sencilla, coloquial, cercana, es lógico que el lector interiorice el poema, lo haga suyo, y lo prolongue tal vez en su memoria, con su vida, y eso le lleve a reflexionar sobre lo leído y quién sabe si sobre lo vivido.    

—¿Radica la utilidad de la poesía en su apego a la vida? 

Utilidad, poesía… Parecen antónimos. No entiendo del todo la pegunta, pero ahí va mi respuesta: No me interesa –es decir, no me es útil, dado que además tampoco soy profesor de universidad— la metapoesía, ni la poesía del fragmento, ni lo que se ha dado en llamar poesía metafísica, ni la poesía surrealista, ni la del silencio, ni la cargada de retórica, ni la culturalista, ni la incomprensible… Me interesa –me es útil- la poesía que puedo leer y entender y que me hace sentir cosas, recordar, soñar, sonreír, ponerme de mala hostia… La que me remueve por dentro. Y esta poesía tiene, sí, mucho más que ver con la vida que con “el lenguaje”, para entendernos. (Postdata: De toda esa poesía que no me interesa salvaría algún poema, claro).    

—¿Ha de mantener la literatura la capacidad de sorprender? 

Más que de sorprender hablaría yo de entretener, en la mejor acepción del término, que no excluye el hallazgo, la sorpresa… Se trata de hacer sentir, de emocionar, de tocar la inteligencia del lector… Esto último es muy importante, y una rareza, por cierto.

Gran parte de la literatura y del arte en general modernos lo que produce, al menos a mí me pasa, es perplejidad. Uno lee un poema, mira un cuadro o una escultura y se pregunta de qué va la historia, a qué están jugando…    

—¿El malditismo en el arte no se elige? 

¿Qué entendemos hoy por malditismo? ¿Es maldito un cantante millonario que muere joven por sobredosis? Seguramente los auténticos malditos estarán por ahí, en el anonimato, fumando tabaco de liar porque es más barato, y con unas ganas de dejar de serlo que ni te cuento. Contestando a tu pregunta: yo creo que nadie –tampoco los artistas— quiere pasarlo mal.  

Enigma y simulacros: Sobre el devenir trágico de la escritura literaria de Vicente Duque. Por Armando Murias Ibias. 17/06/2012.

 

A lo largo de la aparente diversidad temática con la que están redactados los diez capítulos del libro, el autor indaga siempre sobre la huidiza esencia del enigma literario. Y es que, como indica el título: Enigma y simulacros (Vaso Roto Ediciones), Vicente Duque escribe sobre la “multiplicidad enigmática del lenguaje”, nos habla del descubrimiento de todos los significados impensados que ocultan las palabras, de esa labor que la moderna crítica literaria trata de extraer del lenguaje como espacio de incertidumbre, una incertidumbre que Nietzsche entiende como el nihilismo de la tradición occidental. El hecho de que el lenguaje aparezca desposeído de valor, que sólo cobrará vida cuando entre en contacto con el concepto, es lo que lo que convierte a todo ser humano en un creador artístico. En palabras del autor: “hablar es, simultáneamente, metaforizar e interpretar en un proceso inconcluso”, lo que nos lleva a preguntarnos (parafraseando a Nietzsche) ¿no es toda palabra una máscara? O también puede ser que el simulacro no sea más que una tentación de naturalezas contradictorias, como lo fue para un Flaubert atormentado cuando quiso reflejar en la literatura lo que había visto en el cuadro La tentación de San Antonio de Brueghel el Joven.

Este devenir trágico de la escritura literaria (según nos dice el subtítulo) se apoya en varios puntos. En cada una de ellos reside el enigma del origen de la escritura literaria. Así lo escribe el autor: “Una escritura, en suma, que no puede ser sino copia, réplica fallida, simulacro de un enigma que se vela y se revela; simulacro que solo en ese gesto de deslumbramiento y ocultación, en ese margen a un tiempo preciso y difuso de las palabras –siempre en constante proceso de desvelamiento de su ser elusivo-, puede ser interpelado”.

En las páginas de este libro Vicente Duque sienta las bases de lo que es la literatura moderna a través de unos autores y de algunas metáforas universales, como la de las Sirenas de la Odisea, que con sus cantos arrastran a la muerte, pero será a partir de esa muerte cuando “podrá el canto elevarse y contar las aventuras de los héroes”. A través del mito de Orestes (el príncipe que mata a su madre por mandato divino, y que después enloquece) se realiza una consideración sobre el origen de la tragedia, se nos dice que “la locura no es sino la máscara bajo la cual se manifiesta la extrema lucidez de quien se sabe víctima de una maldición por el mero hecho de ser”. La maldición de Orestes es la metáfora del ser humano, de la locura fustigada por el aguijón de la conciencia. Con Ernst Jünger reflexiona sobre los límites de la vida a través del viaje interior, y con el marqués de Sade nos adentramos en la escritura que se sumerge en los oscuros territorios del delirio, en las antípodas de la belleza y didáctica que propugnaban los ilustrados de su época. A partir de textos de Maurice Blanchot, el autor nos recuerda el mito de Orfeo, el que desciende a los infiernos para rescatar lo que más quiere. Detrás de estos gestos metafóricos, está toda la escritura que desemboca en el silencio, o la que busca la belleza o la que es una simple ilusión, un enigma y muchos simulacros. Estamos hablando ¡cómo no!, de la Literatura. 

 

Bloomsday AEA 2012

 

El próximo sábado la Asociación de Escritores de Asturias organiza el primer Bloomsday (como todos los 16 de junio) en Asturias. Será a las 20:00 h. de la tarde en la cervecería ovetense Ca’ Beleño, y el oficio litúrgico estará en manos de los grandes especialistas en la obra de James Joyce, nuestros queridos compañeros y amigos Fernando Fonseca y Jorge Ordaz (por orden alfabético).

El pastel de riñones de cerdo lo vamos a sustituir por bollu preñáu, pero la cerveza no faltará.

Os esperamos.

 

Memorias epistolares, de Víctor Pozanco. Por José Ángel Ordiz. 11/06/2012.

 

 
Víctor Pozanco
Memorias epistolares
Editorial Quadrivium, Girona, 2011
Colección Valorem
 
 

Confieso que hace menos de un lustro desconocía yo la inmensa figura de Víctor Pozanco. Pero heme aquí ahora con sus Memorias epistolares recién leídas. Unas memorias que, a mi cojo juicio (que completa mi cojera física), están escritas con el corazón.

Bien a través de sus propios escritos epistolares, bien a través de las referencias y comentarios del autor, en el libro aparecen testimonios que van desde el enfermizo Aleixandre (qué sorpresa cuando, para empezar, me encuentro con las palabras de don Vicente, escritas desde «su escasa salud y sus muchos padeceres») hasta los últimos hallazgos de la persona aún hambrienta de letras que es Víctor Pozanco, al que no le gustan las autobiografías, aunque todo lo que se diga en ellas sea cierto, porque lo dice uno, nada más. En el libro habla él, por supuesto, pero también hablan los demás: Juan Marsé,  Camilo José Cela, Ángel González (con el que una noche fue cerrando los bares de Barcelona), tantísimos otros y otras, y él, Víctor, nos invita a escuchar sus voces silenciosas, conmovedoras en muchas ocasiones.

Centradas las memoriasen la primera parte, la segunda se me antoja más narrativa. En ella aparecen con toda crudeza las consecuencias de la guerra civil (léase incivil, evidentemente), una posguerra sombría e interminable en la que debe hablarse en clave para eludir las estancias en el «hotel Carabanchel» e incluso el madrugón del fusilamiento al amanecer, antes de que despierte la gente de la calle.

Aparece también Ángel Miguel Pozanco, el padre emigrado que, desde tan lejos, se entera de la muerte de su esposa, nunca aclaradas las circunstancias reales del fallecimiento aunque el joven Víctor ni siquiera pueda compartir con él las sospechas que alberga para no comprometer la seguridad de su progenitor en el exilio caraqueño.

Aparece la Soria de Bécquer, de Antonio Machado, de Gerardo Diego, como aparecen las Hurdes (ese inicio constante, clave tal vez en la posterior trayectoria del autor) y el Manifiesto Literformista y el lapidario «no preguntes qué puede hacer la cultura por ti, sino qué puedes hacer tú por la cultura» del Manifiesto Esencialista, una prueba más de que Víctor Pozanco morirá luchando por el mundo de las letras.

Aparecen cartas que arrebatan por tanta ternura sitiada por una cantidad aún mayor de crueldad, de injusticia, de fracaso, mientras el Víctor infante aprende «a rezar en latín y a jugar al póquer» en colegios varios, mientras el Víctor adolescente corre aventuras que parecen extraídas de una novela magnífica, mientras el Víctor ya crecido estudia en la universidad y empieza a trabajar «enfocando escotes del ballet de Pacita Tomás», mientras el Víctor adulto abandona la militancia política (hasta entonces «escorado a la izquierda») y se convierte en poeta pues alguien capaz de escribir que «la condición humana, desde que se alejó de los santos chimpancés, es lo más raro del mundo animal» está destinado a no desmerecer en ese arte o en cualquier otro de similar grandeza.

Completado el grueso de sus memorias con un admirable sentido del humor (del que muy pocas veces carecen las personas inteligentes de verdad) en los añadidos que introduce por aquí y por allá, aún nos aguarda la tercera parte, pues, en efecto,  «no solamente de literatura vive el escritor». En ella no faltan sus relaciones con los mundos del cine (actor secundario en modestas producciones), de la pintura (fascinado por la comunión entre pintura y poesía, ve pintar a grandes maestros del pincel), de la vida social (declara: «He aprendido más charlando con personas de todos los niveles y profesiones que en las facultades») y, cómo no, del ajedrez, esa pasión suya de juventud, de siempre (¡una más!), que el hijo le recuerda cada día.

De postre, como no podía ser de otro modo, una coda.

¿Alguien da más?