Geografías. Entrevista a Eva Puyó. Por Hilario J. Rodríguez. 25/02/2009

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 Autora: Eva Puyó.
Título: Ropa tendida.
Año: 2007.
Editorial: Xordica
Medidas: 13 x 20 cm.
Páginas: 120.
Precio: 12 euros.
 
 
Si un libro como Utilidades de las casas (Caballo de Troya, 2006), de Isabel Cobo, nos trae a la memoria el legado que dejó Julián Ayesta en la literatura española, Ropa tendida (Xordica, 2007) tiende lazos con el universo de Carmen Laforet. De los escenarios pasamos a los personajes, del ámbito familiar pasamos a la familia. Tras el orden cósmico, entramos en el desorden emocional. Sin tremendismo ni falsa retórica, con elegancia, Eva Puyó despliega un mundo misterioso que no se imprime de forma inmediata pero que perdura.
 
Ropa tendida borra la frontera entre el libro de relatos y la novela.
Siempre pensé que había escrito un libro de relatos, pero alguna gente lo leyó como si fuese una novela. Si hubiera podido contarlo todo en un relato, no me habría sido necesario retomar a los mismos personajes una y otra vez. He ido hurgando en los sentimientos contradictorios que inspira la familia, y es esto lo que ha salido.
 
—El ritmo narrativo es minucioso, demorado, cada frase imprime una imagen de forma nítida.
Casi todos los relatos parten de una imagen visual: una operación de varices, unas flores que se regalan para «sanar» a una persona desgraciada, las réplicas en bronce de unos muñecos infantiles de plástico… El propio título del libro es muy gráfico, creo.
 
—La cronología suele ser anómala, con continuas fugas.
Fui escribiendo los relatos a lo largo de tres años. Comencé con una historia en la que un padre encarga unas baldas para hacer una estantería para los cedés de su hija. Después, seguí tirando del hilo y surgieron las demás historias, que van desde la niñez de la protagonista hasta que se marcha de casa. En realidad, Ropa tendida no es un rompecabezas, ya que faltarían muchas piezas. Tiene más que ver con los recuerdos familiares: unos vienen y otros no, no hay manera de gobernarlos. La memoria es caprichosa.
 
—A veces el estilo parece competir con la intensidad.
En el libro he tenido alguna «veleidad» en lo que se refiere al estilo. Por ejemplo, cambié de persona (de la primera a la segunda) en un par de relatos. Pensé que el lector iba a aburrirse de escuchar siempre la misma voz. Ahora mismo me arrepiento. Creo que si una historia es poderosa, no es necesario realizar experimentos, que muchas veces desconciertan al lector. Cuando corregía los relatos me preocupaba más de «quitar» que de «añadir».
 
—También la precisión entra en conflicto con las soluciones narrativas, que a veces parecen inacabadas.
He intentado cerrar las historias, aunque algunas quedan un tanto suspendidas. Es como las relaciones familiares: normalmente no tienen un final definitivo. Cuando uno se va de casa se dice que se «independiza», y lo que en realidad sucede es que está construyendo una nueva relación con sus padres, muchas veces más armónica.
 
—Me da la sensación de que escribes en blanco y negro, no en color.
Sin embargo, he tenido una infancia y una juventud muy coloridas. Soy de la generación de los caramelos Chimos, del grupo Parchís…
 
—Una familia, vista desde afuera, resulta misteriosa por muchos motivos: su comportamiento, sus deseos, sus interrelaciones…
Creo que no hay ninguna familia a la que se le pueda aplicar el término «convencional». Ropa tendida, de hecho, muestra lo peculiar que puede ser cualquier familia.
 
—Te inclinas más hacia la comprensión que hacia la ternura.
En el ámbito familiar donde yo me he movido no somos propensos a muestras de cariño encendidas. Creo que la ternura que muestro en el libro es soterrada. Los personajes muchas veces no se dan abrazos pero mantienen ciertos ritos, como el brindis por Navidad.
 
—Acentúas más el pasado que el presente.
El libro es una mirada hacia atrás. En un momento, uno de los personajes dice que hace unos años todos los miembros de la familia se sentían muy desgraciados. A lo mejor con el tiempo las circunstancias no han cambiado, pero han aprendido a reconocerse y a reírse de sí mismos. A partir de ahí es cuando la protagonista puede mirar atrás y contar su historia.
 
—Hay algo en tu libro que me recuerda a las películas de Yasujiro Ozu, a los bodegones de Morandi y, en general, al arte silencioso.
Es que en las relaciones familiares y sentimentales —como en las películas de Ozu o en los lienzos de Morandi— hay muchos sobrentendidos, y muchos silencios. Si una madre dice: «Estoy bien, no necesito nada», sabes inmediatamente que lo está pasando mal pero te quedas callada. Siri Hustvedt, en un artículo en el que habla sobre «la literatura del padre», se pregunta por qué es más difícil hablar con el padre que hablar del padre.
 
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TEXTO
No recuerdo que mi madre usara esas sábanas ni una sola vez. En su cama de matrimonio siempre había unas desgastadas, de tela casi transparente y flores desvaídas, que ni siquiera llegaba a cambiar, ya que el mismo día que las lavaba se secaban y las volvía a poner en la cama. Ella justificaba el poco aprecio que sentía hacia las sábanas recias del cajón: como eran de algodón saldrían muy arrugadas de la lavadora y se tendría que dar una paliza planchándolas. «Pues yo sí que las utilizaré», le espetaba muy convencida. «Ya me lo dirás cuando te toque», me respondía ella, con su gusto por las premoniciones nefastas.
Cuando me fui de casa mi madre sacó una ristra de objetos que me quería dar: vasos, platos, fuentes… «Llévatelo todo, que me quiero quitar mierda.» La mayoría eran regalos suyos de boda, o juegos incompletos de los que se había desprendido alguna de las señoras para las que mi madre trabajaba. Yo le dije que me apetecía ir de compras y estrenar cosas. Rodearme de objetos bellos, en lugar de trastos usados y tarados. No acepté casi nada de lo que me ofrecía. «¿Lo quieres o no lo quieres? Pues a la basura. He dejado de ser una sentimental», me decía mi madre mientras hacía limpieza de armarios. Parecía haber acumulado durante años un ajuar imperfecto del que ahora se quería deshacer.
Fragmento de Ropa tendida
Eva Puyó

 

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