Ligeros de equipaje, de Marcelino Iglesias. Por Armando Murias Ibias. 30/10/2010

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Ligeros de equipaje

Marcelino Iglesias
Editorial Septem, Oviedo, 2010. 104 páginas. II Premio de Novela Ciudad de Noega.
 
Desde el principio de los tiempos, cuando se empiezan a contar historias a la luz de las hogueras en las cuevas prehistóricas, es muy probable que el primer relato tuviera que tratar sobre lo que el narrador vio o creyó ver más allá del valle donde se asentaba. Es la irresistible atracción por lo desconocido, por lo que está más allá. Es la satisfacción de hacer partícipes a nuestros semejantes –animales gregarios- de nuestras inquietudes y de nuestros límites. En definitiva, es el viaje como tema literario. Tanto es así, que son muchos los autores que piensan que todo relato es un viaje. Hay viajes externos, geográficos, como el que realiza Ulises o Eneas por el Mediterráneo, o el de Julio Verne por el espacio sideral o por el centro de la Tierra. Pero también hay otros viajes internos, como el de Dante de la mano de Virgilio y de su amada Beatriz, o bien a través del tiempo (pensemos en el poder nostálgico que le proporciona el sabor de la magdalena en Proust), y así un largo etcétera, tan extenso como lo es la historia de la literatura o la literatura misma.
La novela de Marcelino Iglesias también es un viaje, un viaje externo e interno.
La Revolución Industrial inventa el artefacto más elaborado que el ser humano había realizado hasta ese momento. Con la fuerza del vapor consigue mover una locomotora, es el tren. El tren no es un elemento nuevo en la narrativa de Marcelino, (recordemos que su segunda novela se titula “La sombra del tren”). En “Ligeros de equipaje” el tren es un elemento siempre presente. Sirve para desplazar a la protagonista (a Fidelia) desde Madrid a Tierra de Besar. El tren (El Carbonero) también es el que usa el protagonista (Fabián, junto con otros niños) para llegar a Gijón. Y de nuevo el tren será el que los desplace a todos ellos por la estepa rusa desde Leningrado hasta Moscú. Pero este periplo no es sólo un viaje externo, geográfico, por tierras y mares terriblemente diferentes a las aldeas que dejaron atrás. Es también un viaje interior. A lo largo de cientos de quilómetros de vía férrea va a surgir algo entre ellos que los hará diferentes. Hay palabras, miradas, recuerdos, sentimientos que se cruzan en las vidas de los protagonistas y que determinarán un cambio, que reanimarán unas evocaciones que se estaban escapando por el sumidero del olvido.
En el tren van los niños de la guerra que huyen del horror que habían iniciado el año anterior unos militares golpistas en el norte de África. Desde Gijón partieron más de 1.000 niños con destino a la URSS. Marcharon con la idea de regresar al poco tiempo, pero los hechos ocurrieron de otra manera, y muchos de ellos quedaron por el camino, como los que cita Marcelino en la dedicatoria.
Estoy seguro que el autor creció con relatos que nos hablaban del Lejano Oeste norteamericano, con historias del Llanero Solitario, con novelas de Marcial Lafuente Estefanía, con películas del 7º de Caballería. Eran las guerras de otros. Más adelante, es también seguro que quedaría deslumbrado por los acontecimientos de la guerra colonial del Vietnam, con las revueltas del Mayo del 68 francés, pero lo que es más difícil es que leyera algo sobre la guerra que nos dividió a los españoles a partir de un golpe de Estado contra la República porque ése fue un tema prohibido durante mucho tiempo. Tuvo que llegar la democracia para hacer posible que esta literatura fuera contando, gota a gota, dolorosamente, los acontecimientos que afectaron a los españoles, a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nosotros mismos.
Con esta novela, Marcelino Iglesias rescata del olvido a los maestros que se jugaron el pellejo y el puesto de trabajo por defender los valores educativos que habían conocido con la Institución Libre de Enseñanza, como es el caso de Fidelia y de su padre. También rescata del olvido el nombre de los niños de la guerra, que en el caso de Asturias fue muy numeroso y sangrante.
A perpetuar ese recuerdo antes de que el revisionismo lo hunda más en el olvido (la última campanada la dio el otro día el reciente Premio Planeta, Eduardo Mendoza, cuando declaró que el tema de la Guerra Civil tiene que ir al trastero), de salvar del olvido trata esta novela titulada LIGEROS DE EQUIPAJE, con claras resonancias de un verso de A. Machado, otro español que tuvo que huir de la barbarie en la que quedó convertida España por culpa de una jauría humana. 

 

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